Eran los días de carnaval en Río de Janeiro, y todo, como siempre, transcurría brillante, rutilante, colorido, frenético. Las escuelas de zamba rivalizaron en disfraces, en maquillajes y en danzas. Decenas de miles de turistas de todo el mundo estaban presentes para ver y experimentar el carnaval.
Terminada la euforia de la fiesta, sucedió lo que siempre sucede. Una depresión profunda cayó sobre todo Río de Janeiro. Y junto con la depresión pasó, también, lo que siempre pasa. Una ola de suicidios sacudió la ciudad. Nada menos que dieciocho jóvenes se quitaron la vida en un solo fin de semana.
¿Cómo puede ser que tras una fiesta tan fogosa haya tantas personas que caen en tal descenso emocional que llegan a ser víctimas de depresiones suicidas? Es increíble, pero eso es precisamente lo que ocurre.
Lo cierto es que los suicidios de los adolescentes constituyen una plaga mundial. Y son los países de mayor prosperidad económica, tales como Austria, Suecia, Japón y Estados Unidos, los que están más plagados.
De esa ola de suicidios en el Brasil el periódico O Estado de São Paulo sostuvo que las mayores causas son «fracasos amorosos, enfermedades, alcoholismo y problemas financieros». Y eso por no mencionar la causa principal: el ateísmo generalizado en que prácticamente ha caído la sociedad occidental.
Donde no hay fe en Dios, la desesperación y su secuela, la propensión al suicidio, son alarmantes. En cambio, donde hay fe viva y sencilla en Jesucristo como Señor, Salvador, Pastor y Amigo, se aprende a entregarle a Él todas las cargas de la vida. Y aunque se pase por circunstancias muy difíciles, no se piensa en suicidio. Se piensa en Dios, y se apela a la oración.
El cristiano genuino y sincero, el cristiano auténtico y verdadero, jamás contempla el suicidio. Sería la negación más palpable de su fe religiosa, el fracaso más grande de su testimonio cristiano. El cristiano genuino, que mantiene la comunión espiritual con Cristo, siempre encuentra, en medio de la mayor flaqueza, fuerza para sobreponerse al infortunio.
Si sentimos que ya no soportamos el extremado peso de esta vida, escuchemos las palabras del divino Maestro: «Vengan a mí todos ustedes que están cansados y agobiados, y yo les daré descanso. Carguen con mi yugo y aprendan de mí, pues yo soy apacible y humilde de corazón, y encontrarán descanso para su alma» (Mateo 11:28-29).
Cristo siempre salva, y lo hace siempre por la fe.
martes, 16 de febrero de 2010
martes, 9 de febrero de 2010
LA TRAGEDIA DE NORA Y JOSÉ
Amanecía en el desolado desierto de Atacama, en la frontera entre Perú y Chile. El viento helado de la cordillera batía las dunas y los cactos, arremolinando el polvo implacable. El sol salía detrás de las montañas, sobrepasando una faja de pesadas nubes enrojecidas.
En un pequeño hotel de la frontera, los huéspedes se preparaban para ir a sus trabajos, a sus oficinas, a sus compras y negocios. Las empleadas del hotel abrían los cuartos desocupados para hacer las tareas de limpieza y tender las camas, y las cocineras preparaban el desayuno.
Uno de los cuartos permanecía cerrado. Lo ocupaba una pareja de adolescentes que había llegado la noche anterior: Nora Mamaní, de quince años, y José Turpo, de dieciséis. No habían salido del cuarto desde que lo alquilaron a eso de la medianoche. Al mediodía los llamaron para almorzar, pero nadie contestó. Llamaron más fuerte, y no hubo respuesta alguna.
Entonces forzaron la puerta y hallaron a los dos jóvenes tendidos en la cama. Ambos habían bebido medio litro de insecticida fosforado, y habían muerto.
¿A qué se debió aquel trágico desenlace? Es una historia que no deja de repetirse, siguiendo los mismos patrones de la tragedia de Romeo y Julieta. Una pareja de adolescentes se enamora. Sus padres se oponen a que se casen debido a su edad y su falta de madurez. Así que los jóvenes huyen juntos, resueltos a ponerle punto final al drama. En algunos casos, como el de Nora y José, su destino es un hotel en la frontera, donde toman la funesta determinación de suicidarse. Es una decisión trágica, que no resuelve nada, sino que hunde a dos tiernas almas en el abismo de una noche sin aurora.
La ironía del caso del que se suicida por amor es que bien pudiera canalizar ese amor hacia el Ser Supremo que es la personificación misma del amor. De hacerlo así, comprobaría lo que afirma la Biblia: que Dios es amor, y que como prueba de su amor envió al mundo a su Hijo Jesucristo a dar su vida por nosotros. Y por si eso fuera poco, Cristo se identifica perfectamente con el que siente que sus padres o amigos íntimos lo han abandonado y que el mundo no lo comprende,1 pues eso fue lo que sintió Él mientras agonizaba en la cruz.2
Más vale que cada uno le entreguemos nuestra vida a Aquel que entregó la suya por nosotros.3 Pidámosle que nos dé sabiduría, y que nos ayude a tener paciencia y a confiar en Él y en el porvenir incomparable que nos tiene preparado.4
1 Mt 26:31,56; Mr 14:27,29,30,50; Jn 1:11; 6:66‑68; 10:6; 12:16; 13:7; 20:9
2 Mt 27:46; Mr 15:34; Lc 23:34
3 Jn 3:16
4 Jn 14:1‑3
En un pequeño hotel de la frontera, los huéspedes se preparaban para ir a sus trabajos, a sus oficinas, a sus compras y negocios. Las empleadas del hotel abrían los cuartos desocupados para hacer las tareas de limpieza y tender las camas, y las cocineras preparaban el desayuno.
Uno de los cuartos permanecía cerrado. Lo ocupaba una pareja de adolescentes que había llegado la noche anterior: Nora Mamaní, de quince años, y José Turpo, de dieciséis. No habían salido del cuarto desde que lo alquilaron a eso de la medianoche. Al mediodía los llamaron para almorzar, pero nadie contestó. Llamaron más fuerte, y no hubo respuesta alguna.
Entonces forzaron la puerta y hallaron a los dos jóvenes tendidos en la cama. Ambos habían bebido medio litro de insecticida fosforado, y habían muerto.
¿A qué se debió aquel trágico desenlace? Es una historia que no deja de repetirse, siguiendo los mismos patrones de la tragedia de Romeo y Julieta. Una pareja de adolescentes se enamora. Sus padres se oponen a que se casen debido a su edad y su falta de madurez. Así que los jóvenes huyen juntos, resueltos a ponerle punto final al drama. En algunos casos, como el de Nora y José, su destino es un hotel en la frontera, donde toman la funesta determinación de suicidarse. Es una decisión trágica, que no resuelve nada, sino que hunde a dos tiernas almas en el abismo de una noche sin aurora.
La ironía del caso del que se suicida por amor es que bien pudiera canalizar ese amor hacia el Ser Supremo que es la personificación misma del amor. De hacerlo así, comprobaría lo que afirma la Biblia: que Dios es amor, y que como prueba de su amor envió al mundo a su Hijo Jesucristo a dar su vida por nosotros. Y por si eso fuera poco, Cristo se identifica perfectamente con el que siente que sus padres o amigos íntimos lo han abandonado y que el mundo no lo comprende,1 pues eso fue lo que sintió Él mientras agonizaba en la cruz.2
Más vale que cada uno le entreguemos nuestra vida a Aquel que entregó la suya por nosotros.3 Pidámosle que nos dé sabiduría, y que nos ayude a tener paciencia y a confiar en Él y en el porvenir incomparable que nos tiene preparado.4
1 Mt 26:31,56; Mr 14:27,29,30,50; Jn 1:11; 6:66‑68; 10:6; 12:16; 13:7; 20:9
2 Mt 27:46; Mr 15:34; Lc 23:34
3 Jn 3:16
4 Jn 14:1‑3
sábado, 6 de febrero de 2010
«SÓLO ERA CUESTIÓN DE TIEMPO»
Voy a matar a mi padre —advirtió el joven de diecisiete años de edad.
Su amigo, también de diecisiete, le respondió, riéndose:
—No digas tonterías.
Y compartieron ambos un cigarrillo de marihuana.
—Voy a matar a mi padre —volvió a decirle el mismo joven al mismo amigo diez días después.
Así fue por varias semanas: siempre esa terrible declaración. Hasta que un martes 22 de febrero, Cristóbal Galván cumplió su intención. Mató de varios balazos a su padre Esteban Galván. Acto seguido, se mató él mismo. Fue así como se desarrolló este drama familiar, relatado escuetamente.
En más detalle, el muchacho, estudiante secundario, alto, rubio, bien parecido, vivía atormentado por problemas de personalidad. Además, era víctima del uso insensato de drogas como la marihuana, el crack y la heroína. Su madre había muerto de pena varios años atrás por el divorcio que había sufrido a manos de su padre, que era autoritario y exigente.
Ahí estaban el escenario y los elementos del drama, trágicamente dispuestos. Los personajes jugarían cada uno su papel impecablemente. ¿Qué era lo que hacía falta? El momento inevitable. El testimonio a la policía del amigo de Cristóbal, Jaime Carieri, lo explicaba todo: «Sólo era cuestión de tiempo.»
Aquí cabe hacernos la pregunta, franca y directa: ¿Será posible que se esté incubando en nuestro hogar un drama parecido? ¿Se estarán juntando los elementos letales que pueden desencadenar una tragedia? ¿Hay drogas en nuestra casa? ¿Hay licor? ¿Hay armas? ¿Hay irritación? ¿Hay encono? ¿Hay violencia?
Esos elementos, como hojas secas, se encienden con una sola chispa. La violencia suele estallar súbitamente sin que haya, al parecer, ninguna razón ni motivo. Y casi no hay hogar que esté inmune a ella.
¿Qué podemos hacer? ¿Cómo prevenimos una tragedia en nuestro hogar, en nuestra familia, en nuestra vida?
Lo cierto es que si no tenemos una relación íntima con el Señor Jesucristo, difícilmente tendremos la motivación para controlar esos momentos de crisis. Todos somos lo que es nuestro corazón. La Biblia dice: «De la abundancia del corazón habla la boca» (Mateo 12:34). Todo lo que somos y todo lo que hacemos viene de las intenciones, buenas o malas, de nuestro corazón.
Cristo quiere darnos un nuevo corazón. Él quiere perdonarnos y bendecirnos. Démosle, hoy mismo, nuestra vida. A cada uno nos hará una nueva persona.
Su amigo, también de diecisiete, le respondió, riéndose:
—No digas tonterías.
Y compartieron ambos un cigarrillo de marihuana.
—Voy a matar a mi padre —volvió a decirle el mismo joven al mismo amigo diez días después.
Así fue por varias semanas: siempre esa terrible declaración. Hasta que un martes 22 de febrero, Cristóbal Galván cumplió su intención. Mató de varios balazos a su padre Esteban Galván. Acto seguido, se mató él mismo. Fue así como se desarrolló este drama familiar, relatado escuetamente.
En más detalle, el muchacho, estudiante secundario, alto, rubio, bien parecido, vivía atormentado por problemas de personalidad. Además, era víctima del uso insensato de drogas como la marihuana, el crack y la heroína. Su madre había muerto de pena varios años atrás por el divorcio que había sufrido a manos de su padre, que era autoritario y exigente.
Ahí estaban el escenario y los elementos del drama, trágicamente dispuestos. Los personajes jugarían cada uno su papel impecablemente. ¿Qué era lo que hacía falta? El momento inevitable. El testimonio a la policía del amigo de Cristóbal, Jaime Carieri, lo explicaba todo: «Sólo era cuestión de tiempo.»
Aquí cabe hacernos la pregunta, franca y directa: ¿Será posible que se esté incubando en nuestro hogar un drama parecido? ¿Se estarán juntando los elementos letales que pueden desencadenar una tragedia? ¿Hay drogas en nuestra casa? ¿Hay licor? ¿Hay armas? ¿Hay irritación? ¿Hay encono? ¿Hay violencia?
Esos elementos, como hojas secas, se encienden con una sola chispa. La violencia suele estallar súbitamente sin que haya, al parecer, ninguna razón ni motivo. Y casi no hay hogar que esté inmune a ella.
¿Qué podemos hacer? ¿Cómo prevenimos una tragedia en nuestro hogar, en nuestra familia, en nuestra vida?
Lo cierto es que si no tenemos una relación íntima con el Señor Jesucristo, difícilmente tendremos la motivación para controlar esos momentos de crisis. Todos somos lo que es nuestro corazón. La Biblia dice: «De la abundancia del corazón habla la boca» (Mateo 12:34). Todo lo que somos y todo lo que hacemos viene de las intenciones, buenas o malas, de nuestro corazón.
Cristo quiere darnos un nuevo corazón. Él quiere perdonarnos y bendecirnos. Démosle, hoy mismo, nuestra vida. A cada uno nos hará una nueva persona.
viernes, 1 de enero de 2010
LA CANCIÓN DE LA REBELDÍA
Mientras escuchaba la canción «Rebeldía» en un bar del centro de la ciudad, se apuntó al cráneo con su pistola y apretó el gatillo. El revólver falló, así que pidió que le sirvieran otra copa y que volvieran a tocar el mismo disco. Mientras se tomaba el nuevo trago, escuchó una vez más las siguientes palabras de la melancólica canción, escritas por su paisano Ángel Leonidas Araujo:
Señor, no estoy conforme con mi suerte,
ni con la dura ley que has decretado;
pues no hay una razón bastante fuerte
para que me hayas hecho desgraciado.
Te he pedido justicia, te he pedido
que aplaques mi dolor, calmes mi pena;
y no has querido oírme, o no has podido
//revocar tu sentencia en mi condena.//
Casi nada te debo; no me queda
sino un amor inmensamente triste.
Ya saldaré mis cuentas cuando pueda
//devolverte la vida que me diste.//
Terminada la canción, con toda calma se apuntó el arma otra vez y volvió a apretar el gatillo. Esta vez el revólver disparó, y Ángel Polibio Loyola, policía de Guayaquil, Ecuador, murió en el acto. Como no estaba conforme con su suerte, le devolvió a Dios la vida que le había dado.
Lamentablemente hay muchos que, al igual que el agente Loyola, tienen la filosofía de esa canción del compositor Araujo. Creen que Dios es un ser omnipotente insensible que los ha abandonado a su suerte. Para colmo de males, creen que Él les ha impuesto una ley dura como el acero inoxidable, aplastante e inflexible. Y para rematar, creen que los ha condenado irrevocablemente a una vida de desgracia, dolor y pena. De ahí que estén convencidos de que no le deben nada más que resentimiento.
Menos mal que no tienen razón. Dios tiene leyes físicas inmutables, eso sí, leyes que castigan el pecado. Pero también tiene leyes espirituales inalterables, leyes de amor y de gracia que conducen a una vida abundante, feliz y eterna. Lejos de abandonarnos a nuestra suerte, Dios envió a su Hijo Jesucristo al mundo para morir por nosotros, pagando así la justa condena que merecía nuestro pecado. Cristo no vino para condenarnos sino para salvarnos.
Así que en lugar de quejarnos y de lamentarnos, o de rebelarnos y de sellar nuestro destino con una decisión fatal como la del agente Loyola, ¿por qué no trazamos más bien nuestra propia suerte con la decisión feliz de confiar en Dios? De hacerlo así, no nos quedaremos con un amor inmensamente triste, sino que disfrutaremos de un amor sumamente dichoso.
Señor, no estoy conforme con mi suerte,
ni con la dura ley que has decretado;
pues no hay una razón bastante fuerte
para que me hayas hecho desgraciado.
Te he pedido justicia, te he pedido
que aplaques mi dolor, calmes mi pena;
y no has querido oírme, o no has podido
//revocar tu sentencia en mi condena.//
Casi nada te debo; no me queda
sino un amor inmensamente triste.
Ya saldaré mis cuentas cuando pueda
//devolverte la vida que me diste.//
Terminada la canción, con toda calma se apuntó el arma otra vez y volvió a apretar el gatillo. Esta vez el revólver disparó, y Ángel Polibio Loyola, policía de Guayaquil, Ecuador, murió en el acto. Como no estaba conforme con su suerte, le devolvió a Dios la vida que le había dado.
Lamentablemente hay muchos que, al igual que el agente Loyola, tienen la filosofía de esa canción del compositor Araujo. Creen que Dios es un ser omnipotente insensible que los ha abandonado a su suerte. Para colmo de males, creen que Él les ha impuesto una ley dura como el acero inoxidable, aplastante e inflexible. Y para rematar, creen que los ha condenado irrevocablemente a una vida de desgracia, dolor y pena. De ahí que estén convencidos de que no le deben nada más que resentimiento.
Menos mal que no tienen razón. Dios tiene leyes físicas inmutables, eso sí, leyes que castigan el pecado. Pero también tiene leyes espirituales inalterables, leyes de amor y de gracia que conducen a una vida abundante, feliz y eterna. Lejos de abandonarnos a nuestra suerte, Dios envió a su Hijo Jesucristo al mundo para morir por nosotros, pagando así la justa condena que merecía nuestro pecado. Cristo no vino para condenarnos sino para salvarnos.
Así que en lugar de quejarnos y de lamentarnos, o de rebelarnos y de sellar nuestro destino con una decisión fatal como la del agente Loyola, ¿por qué no trazamos más bien nuestra propia suerte con la decisión feliz de confiar en Dios? De hacerlo así, no nos quedaremos con un amor inmensamente triste, sino que disfrutaremos de un amor sumamente dichoso.
jueves, 31 de diciembre de 2009
"Sin Nada que Temer".en el año 2010
No temas, porque yo te redimí; te puse nombre, mío eres tú. —Isaías 43:1
Horas antes de la llegada del nuevo año, algunos amigos nuestros en otro país estaban a bordo de una embarcación, esperando la llegada del año nuevo, cuando se desató una violenta tormenta. Ellos pudieron enviarnos un mensaje de texto con una nota tranquilizadora que decía: «Nosotros estamos sentados a bordo de este enorme barco y felices de decir que nos encontramos a salvo . . . El viento tiene mucha fuerza y tendremos tormenta. Esperamos que todos ustedes tengan un Feliz y Próspero Año Nuevo».
Este suceso de mis amigos me hace recordar a los discípulos de Jesús, ellos también se enfrentaron a una experiencia tormentosa. Estaban en el Mar de Galilea cuando vivieron esto lo relata Marcos 6:48. La tormenta era tan violenta que, a pesar de ser pescadores experimentados que conocían bien el lago, temieron por sus vidas. Pero Jesús fue caminando hacia ellos y les salvó.
Esto me hace pensar y decirte que nadie puede predecir con certeza cuán tormentoso será el año nuevo. Sabemos, sin embargo, que todos enfrentaremos tormentas. Pero quienes somos de Jesús tenemos nuestro futuro fuertemente amarrado a Él. Jesús, quien no nos falló en el pasado, no nos fallará en el futuro.
Lewis Edgar Jones describió acertadamente nuestra situación en su antiguo himno:
Anclado estoy en Jesús, en las tormentas de la vida valiente seré;
Anclado estoy en Jesús, ni viento ni ola temeré.
Anclado estoy en Jesús, pues Él tiene poder para salvar;
¡Anclado estoy a la Roca de los Siglos!
¿Cómo enfrentar las tormentas del Año Nuevo? Si estás anclado en Jesús, nada tienes que temer. —CPH
Con el Señor Jesús en el timón de nuestras vidas, no tenemos nada que temer.
Dios te bendiga ricamente.
Feliz Año Nuevo.
Horas antes de la llegada del nuevo año, algunos amigos nuestros en otro país estaban a bordo de una embarcación, esperando la llegada del año nuevo, cuando se desató una violenta tormenta. Ellos pudieron enviarnos un mensaje de texto con una nota tranquilizadora que decía: «Nosotros estamos sentados a bordo de este enorme barco y felices de decir que nos encontramos a salvo . . . El viento tiene mucha fuerza y tendremos tormenta. Esperamos que todos ustedes tengan un Feliz y Próspero Año Nuevo».
Este suceso de mis amigos me hace recordar a los discípulos de Jesús, ellos también se enfrentaron a una experiencia tormentosa. Estaban en el Mar de Galilea cuando vivieron esto lo relata Marcos 6:48. La tormenta era tan violenta que, a pesar de ser pescadores experimentados que conocían bien el lago, temieron por sus vidas. Pero Jesús fue caminando hacia ellos y les salvó.
Esto me hace pensar y decirte que nadie puede predecir con certeza cuán tormentoso será el año nuevo. Sabemos, sin embargo, que todos enfrentaremos tormentas. Pero quienes somos de Jesús tenemos nuestro futuro fuertemente amarrado a Él. Jesús, quien no nos falló en el pasado, no nos fallará en el futuro.
Lewis Edgar Jones describió acertadamente nuestra situación en su antiguo himno:
Anclado estoy en Jesús, en las tormentas de la vida valiente seré;
Anclado estoy en Jesús, ni viento ni ola temeré.
Anclado estoy en Jesús, pues Él tiene poder para salvar;
¡Anclado estoy a la Roca de los Siglos!
¿Cómo enfrentar las tormentas del Año Nuevo? Si estás anclado en Jesús, nada tienes que temer. —CPH
Con el Señor Jesús en el timón de nuestras vidas, no tenemos nada que temer.
Dios te bendiga ricamente.
Feliz Año Nuevo.
sábado, 5 de diciembre de 2009
«LA VIDA NO TIENE SENTIDO SIN TI»
«Quiero un pasaje de ida solamente, para Londres.» Así dijo en la agencia de viajes de Melbourne, Australia, Neil Browne, hombre de treinta años de edad.
Cuando tomó el avión y comenzó el vuelo, Neil se mostró sereno. Su rostro no reflejaba ni pena ni alegría, ni angustia ni temor, sino sólo la expresión del que ha tomado una decisión definitiva, la de poner fin a sus días.
Cuando llegó a Gales, punto final de su viaje, Neil cerró herméticamente las puertas de su auto, dejó el motor en marcha y se dejó morir asfixiado por el monóxido de carbono. En las manos tenía las fotografías de él y de su novia, y un mechón de los cabellos de ella. Tres días antes, su novia también se había suicidado, por ser imposible el casamiento de los dos.
He aquí otro caso de «pacto suicida», común entre muchos enamorados desde los tiempos de Romeo y Julieta, y otro doble suicidio de jóvenes que se suma a los miles que se producen semanalmente.
Neil Browne y Susan Pritchard se habían conocido en 1980 en Gales, Inglaterra. Se enamoraron y se juraron amor, eterno. La boda iba a realizarse en 1984, pero por desavenencias familiares, la joven no podía viajar a Australia. Por eso se suicidó arrojándose a las aguas de un río. Neil la siguió en el pacto suicida poco después.
«La vida no tiene sentido sin ti», escribieron los dos enamorados. Para ellos la vida consistía en estar unidos; en vivir siempre juntos, ya fuera como pobres o ricos; en mirarse y escucharse cada día; y en compartir todas las cosas, todos los momentos, todos los sentimientos, todas las ilusiones y todos los pensamientos.
Si eso no se podía realizar, era mejor morir, porque sin eso la vida carecería de importancia, de sentido y de estímulo.
Es precisamente esto último que Cristo demanda de aquellos que desean hacerse sus discípulos: un amor eterno, que no se satisface con nada de este mundo sino con la presencia permanente y la comunión con el Ser amado. Cristo recompensa ese amor, esa devoción y consagración a Él, con la más grande de las bendiciones para las cuales fue creado el hombre: conocerlo, amarlo y servirle como su Señor y Salvador.
Cuando tomó el avión y comenzó el vuelo, Neil se mostró sereno. Su rostro no reflejaba ni pena ni alegría, ni angustia ni temor, sino sólo la expresión del que ha tomado una decisión definitiva, la de poner fin a sus días.
Cuando llegó a Gales, punto final de su viaje, Neil cerró herméticamente las puertas de su auto, dejó el motor en marcha y se dejó morir asfixiado por el monóxido de carbono. En las manos tenía las fotografías de él y de su novia, y un mechón de los cabellos de ella. Tres días antes, su novia también se había suicidado, por ser imposible el casamiento de los dos.
He aquí otro caso de «pacto suicida», común entre muchos enamorados desde los tiempos de Romeo y Julieta, y otro doble suicidio de jóvenes que se suma a los miles que se producen semanalmente.
Neil Browne y Susan Pritchard se habían conocido en 1980 en Gales, Inglaterra. Se enamoraron y se juraron amor, eterno. La boda iba a realizarse en 1984, pero por desavenencias familiares, la joven no podía viajar a Australia. Por eso se suicidó arrojándose a las aguas de un río. Neil la siguió en el pacto suicida poco después.
«La vida no tiene sentido sin ti», escribieron los dos enamorados. Para ellos la vida consistía en estar unidos; en vivir siempre juntos, ya fuera como pobres o ricos; en mirarse y escucharse cada día; y en compartir todas las cosas, todos los momentos, todos los sentimientos, todas las ilusiones y todos los pensamientos.
Si eso no se podía realizar, era mejor morir, porque sin eso la vida carecería de importancia, de sentido y de estímulo.
Es precisamente esto último que Cristo demanda de aquellos que desean hacerse sus discípulos: un amor eterno, que no se satisface con nada de este mundo sino con la presencia permanente y la comunión con el Ser amado. Cristo recompensa ese amor, esa devoción y consagración a Él, con la más grande de las bendiciones para las cuales fue creado el hombre: conocerlo, amarlo y servirle como su Señor y Salvador.
FUEGO CONTRA FUEGO
La joven, de veintitrés años de edad, se paró frente a una librería de Minneapolis, Minnesota. Largo rato estuvo contemplando los libros y revistas exhibidos en las vidrieras. Luego, con gesto de sufrida y callada resignación, hizo algo insólito.
Se roció la cabeza y el cuerpo con gasolina y se prendió fuego. Eran las siete de la noche del 10 de julio de 1984. La joven se llamaba Ruth Christenson, y así como la Ruth de la Biblia, tenía firmes convicciones morales. De ese modo protestaba contra la literatura pornográfica que vendía la librería.
He aquí un acto de legítima protesta, que aunque es discutible en su forma, no lo es en manera alguna en su fondo. Ruth Christenson, una joven cristiana, estaba indignada por el auge mundial de la literatura pornográfica, así que quiso hacer algo para detener ese comercio inicuo. Y no encontró mejor forma que prenderse fuego a sí misma.
La pornografía, que es un negocio mundial que obedece a oscuros y siniestros intereses, está pervirtiendo a la juventud y amenazando los hogares. Con el pretexto de que hay libertad de prensa, que todas las ideas son libres, y que un desnudo femenino es arte y no algo obsceno, se produce por millares de toneladas una enorme masa de material indecente.
Son mentes juveniles las que absorben toda esa enorme masa. La compran libremente en kioskos y librerías, y la absorben impensadamente, por ese interés morboso que tiene la indecencia.
Estudiosos serios de varios países —psicólogos, educadores, sociólogos y religiosos— nos dicen continuamente que hay una relación bastante estrecha entre la literatura y el cine pornográficos y la delincuencia juvenil, los asaltos a mujeres, las violaciones y los ultrajes. La pornografía es el disparador que acciona la bomba de las pasiones latentes.
«Con fuego de gasolina puedo contrarrestar simbólicamente ese fuego de la pornografía que abrasa la mente, la moral y los sentimientos de la juventud», pensó la joven Ruth.
Hay algo que nosotros, los padres y las madres conscientes de este vicio, podemos hacer al respecto: podemos examinar detenidamente todo material de lectura de nuestros hijos. Y podemos permitir que Cristo sea el Señor y Maestro de nuestra familia y de nuestro hogar.
Se roció la cabeza y el cuerpo con gasolina y se prendió fuego. Eran las siete de la noche del 10 de julio de 1984. La joven se llamaba Ruth Christenson, y así como la Ruth de la Biblia, tenía firmes convicciones morales. De ese modo protestaba contra la literatura pornográfica que vendía la librería.
He aquí un acto de legítima protesta, que aunque es discutible en su forma, no lo es en manera alguna en su fondo. Ruth Christenson, una joven cristiana, estaba indignada por el auge mundial de la literatura pornográfica, así que quiso hacer algo para detener ese comercio inicuo. Y no encontró mejor forma que prenderse fuego a sí misma.
La pornografía, que es un negocio mundial que obedece a oscuros y siniestros intereses, está pervirtiendo a la juventud y amenazando los hogares. Con el pretexto de que hay libertad de prensa, que todas las ideas son libres, y que un desnudo femenino es arte y no algo obsceno, se produce por millares de toneladas una enorme masa de material indecente.
Son mentes juveniles las que absorben toda esa enorme masa. La compran libremente en kioskos y librerías, y la absorben impensadamente, por ese interés morboso que tiene la indecencia.
Estudiosos serios de varios países —psicólogos, educadores, sociólogos y religiosos— nos dicen continuamente que hay una relación bastante estrecha entre la literatura y el cine pornográficos y la delincuencia juvenil, los asaltos a mujeres, las violaciones y los ultrajes. La pornografía es el disparador que acciona la bomba de las pasiones latentes.
«Con fuego de gasolina puedo contrarrestar simbólicamente ese fuego de la pornografía que abrasa la mente, la moral y los sentimientos de la juventud», pensó la joven Ruth.
Hay algo que nosotros, los padres y las madres conscientes de este vicio, podemos hacer al respecto: podemos examinar detenidamente todo material de lectura de nuestros hijos. Y podemos permitir que Cristo sea el Señor y Maestro de nuestra familia y de nuestro hogar.
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