lunes, 17 de enero de 2011
La desintegración de la Familia
La causa mayor de la desintegración social en el mundo es la desintegración de la familia. Lamentablemente se ha hecho más énfasis en el problema y en los culpables que en hallar la respuesta y ayudar a restaurar los hogares quebrantados. Sin embargo, aunque no lo parezca, hay esperanza. La respuesta la tiene Dios nuestro Creador. Como buen Creador que es, Él se encargó de que se produjera un libro en el que incluiría el equivalente a un manual de mantenimiento del ser humano. Ese libro es la Biblia. Dios se empeñó en que ese Manual estuviera al alcance de todos para que cada uno de nosotros, fuera cual fuera nuestra condición en la vida, pudiera acudir a él y encontrar allí la solución. Al consultar el consejo divino sobre la familia —esa institución sagrada que Dios mismo estableció y a la que le da tanta importancia en la Biblia— encontramos algunos factores clave que están causando la desintegración familiar.
¿ Cómo evitar el adulterio ?
Nadie está exento de la tentación de cometer adulterio. Dos de las justificaciones o excusas más grandes del cónyuge infiel son que ama a otra persona y no puede controlar sus impulsos. Sin embargo, sabemos que la realidad es otra, puesto que hay muchos que han permanecido fieles a su cónyuge, durante muchos años, hasta la muerte. Hay dos cosas que necesitamos comprender para no caer en la trampa del adulterio:
1. El amor es una decisión, un compromiso que cumplimos, y no un simple sentimiento. Por lo tanto, podemos controlarlo con la ayuda de Dios. No confundamos el amor con la atracción física. De hacerlo así, el enemigo de nuestra alma usará el tal amor para tentarnos. En lugar de entregarnos a una atracción fatal con otra persona, huyamos de ella y mantengámonos alejados.
2. No es biológicamente imposible tener una sola mujer o un solo hombre, ni se requieren poderes sobrenaturales para serle fiel al cónyuge. De ser así, las Sagradas Escrituras no nos exhortarían a tal fidelidad. Lo cierto es que Dios nuestro Creador, que nos conoce a fondo, sabe que la fidelidad conyugal no sólo es posible sino mil veces preferible. Fue Él quien dispuso que cada uno le fuéramos fiel a nuestro cónyuge, porque sabía que nos conviene. Por algo dice la Biblia: «Tengan todos en alta estima el matrimonio y la fidelidad conyugal, porque Dios juzgará a los adúlteros y a todos los que cometen inmoralidades sexuales» (Hebreos 13:4). Para evitar ese juicio, sólo hace falta determinar que, con la ayuda de Dios, no vamos a violar nuestro voto sagrado.
1. El amor es una decisión, un compromiso que cumplimos, y no un simple sentimiento. Por lo tanto, podemos controlarlo con la ayuda de Dios. No confundamos el amor con la atracción física. De hacerlo así, el enemigo de nuestra alma usará el tal amor para tentarnos. En lugar de entregarnos a una atracción fatal con otra persona, huyamos de ella y mantengámonos alejados.
2. No es biológicamente imposible tener una sola mujer o un solo hombre, ni se requieren poderes sobrenaturales para serle fiel al cónyuge. De ser así, las Sagradas Escrituras no nos exhortarían a tal fidelidad. Lo cierto es que Dios nuestro Creador, que nos conoce a fondo, sabe que la fidelidad conyugal no sólo es posible sino mil veces preferible. Fue Él quien dispuso que cada uno le fuéramos fiel a nuestro cónyuge, porque sabía que nos conviene. Por algo dice la Biblia: «Tengan todos en alta estima el matrimonio y la fidelidad conyugal, porque Dios juzgará a los adúlteros y a todos los que cometen inmoralidades sexuales» (Hebreos 13:4). Para evitar ese juicio, sólo hace falta determinar que, con la ayuda de Dios, no vamos a violar nuestro voto sagrado.
El adulterio y el divorcio
Hay varios factores que llevan a la separación y al divorcio de los matrimonios, y por consiguiente a la desintegración del núcleo familiar. Uno de los más determinantes es el adulterio, es decir, la infidelidad conyugal. En el libro del profeta Malaquías, Dios nos revela que Él odia el divorcio: «Yo aborrezco el divorcio —dice el SEÑOR, Dios de Israel» (2:16). De ahí que deteste tanto el adulterio, que con frecuencia lleva al divorcio. «¿No saben que los malvados no heredarán el reino de Dios? ¡No se dejen engañar! Ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los sodomitas, ni los pervertidos sexuales, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los calumniadores, ni los estafadores heredarán el reino de Dios» (1 Corintios 6:9-10). El adulterio debilita el vínculo matrimonial que Dios estableció; el divorcio lo rompe. A fin de comprender mejor lo que Dios espera de nosotros, vamos a considerar el adulterio y el divorcio en términos de mandamiento, símbolo y voto.
1. El mandamiento: «No cometas adulterio» (Éxodo 20:14). De este mandamiento, que bajo la ley de Moisés tenía graves consecuencias si llegaba a quebrantarse, se hacía caso omiso como si hubiera sido borrado de entre los diez que debían regir la moral del pueblo de Dios. Por eso Cristo, durante su ministerio terrenal, abordó el tema y dejó bien claro que Dios no había cambiado de parecer. Al contrario, Cristo consideró el adulterio como un pecado tan grave que concedió que era la única base aceptable ante Dios para el divorcio (Mateo 19:8-9).
2. El símbolo: la relación entre Cristo y su iglesia (Efesios 5:32). En su Carta a los Efesios el apóstol Pablo nos da a entender que el matrimonio encierra un significado espiritual muy importante, pues es símbolo de la relación entre Cristo y su iglesia. Por lo tanto, cometer adulterio es deshonrar ese símbolo sagrado.
3. El voto: «hasta que la muerte nos separe» (Marcos 10:2-9). «Cumple tus votos —nos exhorta el Maestro de Eclesiastés—. Vale más no hacer votos que hacerlos y no cumplirlos» (5:4,5). Toda persona que comete adulterio no sólo deshonra el símbolo divino sino que también falta a ese voto sagrado que hizo ante Dios y los hombres el día de su boda.
1. El mandamiento: «No cometas adulterio» (Éxodo 20:14). De este mandamiento, que bajo la ley de Moisés tenía graves consecuencias si llegaba a quebrantarse, se hacía caso omiso como si hubiera sido borrado de entre los diez que debían regir la moral del pueblo de Dios. Por eso Cristo, durante su ministerio terrenal, abordó el tema y dejó bien claro que Dios no había cambiado de parecer. Al contrario, Cristo consideró el adulterio como un pecado tan grave que concedió que era la única base aceptable ante Dios para el divorcio (Mateo 19:8-9).
2. El símbolo: la relación entre Cristo y su iglesia (Efesios 5:32). En su Carta a los Efesios el apóstol Pablo nos da a entender que el matrimonio encierra un significado espiritual muy importante, pues es símbolo de la relación entre Cristo y su iglesia. Por lo tanto, cometer adulterio es deshonrar ese símbolo sagrado.
3. El voto: «hasta que la muerte nos separe» (Marcos 10:2-9). «Cumple tus votos —nos exhorta el Maestro de Eclesiastés—. Vale más no hacer votos que hacerlos y no cumplirlos» (5:4,5). Toda persona que comete adulterio no sólo deshonra el símbolo divino sino que también falta a ese voto sagrado que hizo ante Dios y los hombres el día de su boda.
El amor y el matrimonio
El primer vínculo familiar que debemos fortalecer es horizontal: el del matrimonio. De él depende toda la familia. Debemos, pues, acercarnos a nuestro cónyuge, manifestándole amor y comprensión. El esposo debe amar y cuidar a su esposa, y la esposa debe aceptar al esposo como cabeza del hogar. «En todo caso, cada uno de ustedes ame también a su esposa como a sí mismo, y que la esposa respete a su esposo» (Efesios 5:33). La armonía conyugal viene cuando determinamos hacer a un lado el egoísmo. Es algo que obtenemos con esfuerzo.
Pero a veces, aunque nos hemos esforzado por tener un buen matrimonio, algo pasa. Perdemos el primer amor que sentimos cuando nos casamos. ¿Qué podrá inyectar nueva vida en las venas de un matrimonio raquítico? ¿Qué puede una pareja introducirle a su matrimonio que le devuelva el calor que una vez tuvo?
Para empezar, deben traer a la memoria aquel día mágico en que como novios se pronun-ciaron esas palabras sagradas de unión eterna. Allí no hubo hipocresía. No hubo falsedad. Se dijeron que se amarían para siempre porque se querían de todo corazón. En ese momento encantador el tiempo se detuvo y dos corazones se convirtieron en uno. ¿Cómo se les iba a ocurrir que podría venir el día en que ese amor se enfriaría?
Pero algo pasó. La ilusión se deshizo, y se apagó la chispa. ¿Qué hacer?
Juntos deben decidir que, pase lo que pase, su matrimonio no va a destruirse. El amor es el producto de una determinación, no de un sentimiento, y cuando los dos determinan que la separación no es, ni nunca será, una opción, esa determinación le dará a su matrimonio nueva esperanza.
Uno de los peores males que padecemos en la actualidad es la idea de que el amor es algo que se siente nada más. A eso se debe que haya tantas separaciones y tantos divorcios. Cuando los casados dejan de «sentir» el amor de novios, suele suceder una de dos cosas: o se convencen de que ya se acabó su relación conyugal, o se valen de ese vacío emocional para justificar una relación extramatrimonial en la que sí vuelven a sentir ese amor excitante de antes. ¿Y qué es exactamente lo que sienten? La pasión sensual, que en demasiados casos no tiene relación alguna con el amor genuino.
¿Qué es, entonces, el verdadero amor? Es algo que se practica, como el deporte. Es algo que se ensaya, como la guitarra. Es algo que se mantiene, como el estado físico. Y es algo que se cultiva, como un jardín. ¿Por qué? Porque vale la pena. «Si … me falta el amor —afirma San Pablo—no soy nada.» En cambio, si tengo amor, tengo algo que se reproduce, pues «el amor jamás se extingue» (1 Corintios 13:2,8).
La pareja debe invertir tiempo en su matrimonio y no dejarlo al azar. ¡Pero que sea tiempo bien invertido! Eso incluye gozarse juntos, disfrutar de sanas diversiones juntos, pasar noches juntos con el televisor apagado, y compartir confidencias juntos.
Finalmente, deben perseguir las mismas metas espirituales: leer la Biblia juntos, orar juntos, ir a la iglesia juntos y buscar a Dios juntos. De lo contrario, estarán divididos. «Y si una familia está dividida contra sí misma —asegura Jesucristo—, esa familia no puede mantenerse en pie» (Marcos 3:25). Pero si, como familia espiritual, buscan «primeramente el reino de Dios y su justicia» (Mateo 6:33), Dios se encargará de bendecir su unión tanto en lo material como en lo espiritual.
Para los que se encuentran al borde del fracaso conyugal, es importante que comprendan que nunca es demasiado tarde para empuñar las riendas de su matrimonio a fin de salvarlo. Si le piden a Dios que los ayude, Él lo hará. Después de todo, Dios es el que diseñó el matrimonio, y siempre está dispuesto a repararlo. Pero es imprescindible que lo pongan en sus manos y le permitan hacerlo. Porque si no están dispuestos a cooperar con Él, poniendo de su parte para restablecer la armonía en su matrimonio, es probable que tengan que afrontar las siguientes consecuencias naturales.
Pero a veces, aunque nos hemos esforzado por tener un buen matrimonio, algo pasa. Perdemos el primer amor que sentimos cuando nos casamos. ¿Qué podrá inyectar nueva vida en las venas de un matrimonio raquítico? ¿Qué puede una pareja introducirle a su matrimonio que le devuelva el calor que una vez tuvo?
Para empezar, deben traer a la memoria aquel día mágico en que como novios se pronun-ciaron esas palabras sagradas de unión eterna. Allí no hubo hipocresía. No hubo falsedad. Se dijeron que se amarían para siempre porque se querían de todo corazón. En ese momento encantador el tiempo se detuvo y dos corazones se convirtieron en uno. ¿Cómo se les iba a ocurrir que podría venir el día en que ese amor se enfriaría?
Pero algo pasó. La ilusión se deshizo, y se apagó la chispa. ¿Qué hacer?
Juntos deben decidir que, pase lo que pase, su matrimonio no va a destruirse. El amor es el producto de una determinación, no de un sentimiento, y cuando los dos determinan que la separación no es, ni nunca será, una opción, esa determinación le dará a su matrimonio nueva esperanza.
Uno de los peores males que padecemos en la actualidad es la idea de que el amor es algo que se siente nada más. A eso se debe que haya tantas separaciones y tantos divorcios. Cuando los casados dejan de «sentir» el amor de novios, suele suceder una de dos cosas: o se convencen de que ya se acabó su relación conyugal, o se valen de ese vacío emocional para justificar una relación extramatrimonial en la que sí vuelven a sentir ese amor excitante de antes. ¿Y qué es exactamente lo que sienten? La pasión sensual, que en demasiados casos no tiene relación alguna con el amor genuino.
¿Qué es, entonces, el verdadero amor? Es algo que se practica, como el deporte. Es algo que se ensaya, como la guitarra. Es algo que se mantiene, como el estado físico. Y es algo que se cultiva, como un jardín. ¿Por qué? Porque vale la pena. «Si … me falta el amor —afirma San Pablo—no soy nada.» En cambio, si tengo amor, tengo algo que se reproduce, pues «el amor jamás se extingue» (1 Corintios 13:2,8).
La pareja debe invertir tiempo en su matrimonio y no dejarlo al azar. ¡Pero que sea tiempo bien invertido! Eso incluye gozarse juntos, disfrutar de sanas diversiones juntos, pasar noches juntos con el televisor apagado, y compartir confidencias juntos.
Finalmente, deben perseguir las mismas metas espirituales: leer la Biblia juntos, orar juntos, ir a la iglesia juntos y buscar a Dios juntos. De lo contrario, estarán divididos. «Y si una familia está dividida contra sí misma —asegura Jesucristo—, esa familia no puede mantenerse en pie» (Marcos 3:25). Pero si, como familia espiritual, buscan «primeramente el reino de Dios y su justicia» (Mateo 6:33), Dios se encargará de bendecir su unión tanto en lo material como en lo espiritual.
Para los que se encuentran al borde del fracaso conyugal, es importante que comprendan que nunca es demasiado tarde para empuñar las riendas de su matrimonio a fin de salvarlo. Si le piden a Dios que los ayude, Él lo hará. Después de todo, Dios es el que diseñó el matrimonio, y siempre está dispuesto a repararlo. Pero es imprescindible que lo pongan en sus manos y le permitan hacerlo. Porque si no están dispuestos a cooperar con Él, poniendo de su parte para restablecer la armonía en su matrimonio, es probable que tengan que afrontar las siguientes consecuencias naturales.
viernes, 7 de enero de 2011
«PIENSO QUE ALGÚN DÍA... ME QUEDARÉ SOLA»
«Hace tres años conocí al papá de mi hijo. Éste, al darse cuenta de que estaba embarazada, se desatendió de toda obligación económica.... Mis padres me perdonaron, y yo... me quedé a vivir en mi casa con mi hijo, y decidí en mi corazón dedicarme sólo a Dios, a la familia y a mi bebé.
»Pero... he tenido un sentimiento como de nostalgia por no haber podido casarme y tener mi propia familia.... Pienso que algún día mi hijo crecerá y se casará, y mis padres se [morirán] y yo me quedaré sola. No quiero dejarme dominar por ese sentimiento, ya que me podría llevar a [tomar] decisiones erróneas.»
Este es el consejo que le dimos:
«Estimada amiga:
»¡La felicitamos por dedicarse a Dios, a su familia y a su hijo! Tiene usted una madurez envidiable al comprender lo que más le conviene con relación a su futuro y al futuro de su hijo.
»Cada semana recibimos cartas de jovencitas que han quedado embarazadas antes de casarse. Nos escriben porque sus casos son difíciles y tristes. ¡Pero usted es diferente! Sus padres han sido comprensivos y le han brindado un ambiente sano donde vivir. Y usted tuvo la madurez necesaria como para saber que no debía casarse con un hombre que no le convenía simplemente porque estuviera embarazada. Usted valoró la vida de su hijo y se ha ocupado de su bienestar. Es usted un buen ejemplo de lo que es saber lo que más importa y de tomar decisiones sabias.
»Usted nos ha consultado porque ha sido víctima de una emoción muy común. Se trata de la ansiedad. Ésta hace que uno se preocupe, no por los verdaderos problemas de hoy o de mañana, sino por los problemas de aquí a unos veinte años.
»Jesucristo trata sobre el problema de la ansiedad en el Sermón del Monte, en el que nos recuerda que las aves no se preocupan por lo que han de comer y que las flores no se preocupan por lo que han de vestir. Luego nos da a conocer el siguiente principio que debiera regir nuestra vida: “Busquen primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas les serán añadidas.”1 Con eso Cristo se refiere al reino de Dios y a la justicia de Dios. Nos asegura que, cuando le damos la prioridad en nuestra vida, Dios promete encargarse de todo lo demás que necesitemos.
»¿Qué significa darle a Dios la prioridad en su vida? En primer lugar, debe saber cuál es la voluntad de Dios para usted. Al leer la Biblia, descubrirá los principios de Dios y sus prioridades. Al hablar con Él en oración, Dios le dará la sabiduría que necesita para tomar decisiones acertadas todos los días. Así que no tendrá que preocuparse por lo que sucederá mañana, o la semana que viene, o el año entrante. Más bien se ocupará en agradar a Dios cada día. Él sabe que usted desea tener un esposo y tener su propia familia, y se encargará de que los tenga en el momento oportuno. ¡Puede confiar en Dios! Él la ama, y quiere lo mejor para usted.
»Permita que Dios se haga cargo de su futuro,
1 Mt 6:33
»Pero... he tenido un sentimiento como de nostalgia por no haber podido casarme y tener mi propia familia.... Pienso que algún día mi hijo crecerá y se casará, y mis padres se [morirán] y yo me quedaré sola. No quiero dejarme dominar por ese sentimiento, ya que me podría llevar a [tomar] decisiones erróneas.»
Este es el consejo que le dimos:
«Estimada amiga:
»¡La felicitamos por dedicarse a Dios, a su familia y a su hijo! Tiene usted una madurez envidiable al comprender lo que más le conviene con relación a su futuro y al futuro de su hijo.
»Cada semana recibimos cartas de jovencitas que han quedado embarazadas antes de casarse. Nos escriben porque sus casos son difíciles y tristes. ¡Pero usted es diferente! Sus padres han sido comprensivos y le han brindado un ambiente sano donde vivir. Y usted tuvo la madurez necesaria como para saber que no debía casarse con un hombre que no le convenía simplemente porque estuviera embarazada. Usted valoró la vida de su hijo y se ha ocupado de su bienestar. Es usted un buen ejemplo de lo que es saber lo que más importa y de tomar decisiones sabias.
»Usted nos ha consultado porque ha sido víctima de una emoción muy común. Se trata de la ansiedad. Ésta hace que uno se preocupe, no por los verdaderos problemas de hoy o de mañana, sino por los problemas de aquí a unos veinte años.
»Jesucristo trata sobre el problema de la ansiedad en el Sermón del Monte, en el que nos recuerda que las aves no se preocupan por lo que han de comer y que las flores no se preocupan por lo que han de vestir. Luego nos da a conocer el siguiente principio que debiera regir nuestra vida: “Busquen primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas les serán añadidas.”1 Con eso Cristo se refiere al reino de Dios y a la justicia de Dios. Nos asegura que, cuando le damos la prioridad en nuestra vida, Dios promete encargarse de todo lo demás que necesitemos.
»¿Qué significa darle a Dios la prioridad en su vida? En primer lugar, debe saber cuál es la voluntad de Dios para usted. Al leer la Biblia, descubrirá los principios de Dios y sus prioridades. Al hablar con Él en oración, Dios le dará la sabiduría que necesita para tomar decisiones acertadas todos los días. Así que no tendrá que preocuparse por lo que sucederá mañana, o la semana que viene, o el año entrante. Más bien se ocupará en agradar a Dios cada día. Él sabe que usted desea tener un esposo y tener su propia familia, y se encargará de que los tenga en el momento oportuno. ¡Puede confiar en Dios! Él la ama, y quiere lo mejor para usted.
»Permita que Dios se haga cargo de su futuro,
1 Mt 6:33
jueves, 6 de enero de 2011
«ESE AMOR... POR LO HEREDADO»
por Carlos Rey
«María Teresa de León tiene... piel color canela, ojos negros, grandes y expresivos, [y] cabello oscuro que a veces brilla a la luz del horno de leña en su lugar de trabajo. Pero lo que más resalta de María Teresa son sus manos, delicadas pero fuertes a la vez... manos que conocen el trabajo....
«... [La] panadería [de su padre], la San Antonio, [está] localizada en una de las empedradas calles que se pierden bajo la sombra del Volcán de Agua, en la antigua capital colonial de Guatemala. El padre de María Teresa... veía a sus clientes como sus amigos, como su familia. Todos los que visitaban la San Antonio lo hacían tanto por las delicias que salían de su horno como por el placer de saludar a su dueño..., [quien] perfeccionó el sensual arte de hacer —de un puñado de harina, un poco de azúcar, canela, huevos y agua— los panes más sabrosos de la ciudad.
»Formaba una montaña de harina sobre una vieja mesa de trabajo de madera. Con un viejo guacal redondo, formaba una poza perfecta en medio de la harina, donde ponía una montaña más pequeña de azúcar y de canela. Cuidadosamente quebraba cuatro huevos y los derramaba sobre la harina, y poco a poco agregaba agua hasta que se formara [una masa gruesa y amarillenta]. Con sus manos formaba la masa para convertirla en los molletes, las champurradas, los obispos, las tortas de huevo, [es decir,] todos aquellos bocadillos que durante generaciones han agraciado las paneras en las mesas de incontables casas antigüeñas.
»Su hija, desde pequeña, ayudaba en la tarea de hacer el pan como lo hizo él mismo con su madre. Aprendió a trabajar el pan para ser la heredera de la tradición familiar, la que haría que continuara una labor que comenzó casi un siglo atrás.
»[Él] murió hace varios años. Ahora es su María Teresa quien todas las mañanas evoca el recuerdo del panadero original, cuando, con sus manos, mezcla la harina que viene del trigo que da la vida misma, para formar la masa que al calor de un horno de leña se convierte en pan.
»[María Teresa] dice que amasar el pan es tan sabroso como comérselo..... Con sus manos, todas las mañanas,... hace que perdure el legado que recibió de [su padre]. Al convertir la harina en pan, lo hace con el cariño... de alguien enamorado.
»Ese amor... por lo heredado es el principal ingrediente del pan que todas las mañanas amasa en la Panadería San Antonio de la Antigua Guatemala.»1
Así concluye el reportero de origen guatemalteco Harris Whitbeck este capítulo de la obra ilustrada con bellas fotografías titulada Guatemala inédita. Quiera Dios que, al igual que María Teresa, los que hemos disfrutado de la gran bendición de tener padres apasionados por enseñarnos lo mejor de lo que aprendieron ellos mismos de sus padres, determinemos cada mañana mostrar ese mismo amor, legándoselo así a nuestros propios hijos. O de no haber disfrutado de la bendición de tener tales padres, quiera Dios que determinemos serlos nosotros mismos.
1 Harris Whitbeck, «Edificar con trigo», Guatemala inédita (Bogotá, D.C.: Villegas Editores, 2006, pp. 292‑93.
«María Teresa de León tiene... piel color canela, ojos negros, grandes y expresivos, [y] cabello oscuro que a veces brilla a la luz del horno de leña en su lugar de trabajo. Pero lo que más resalta de María Teresa son sus manos, delicadas pero fuertes a la vez... manos que conocen el trabajo....
«... [La] panadería [de su padre], la San Antonio, [está] localizada en una de las empedradas calles que se pierden bajo la sombra del Volcán de Agua, en la antigua capital colonial de Guatemala. El padre de María Teresa... veía a sus clientes como sus amigos, como su familia. Todos los que visitaban la San Antonio lo hacían tanto por las delicias que salían de su horno como por el placer de saludar a su dueño..., [quien] perfeccionó el sensual arte de hacer —de un puñado de harina, un poco de azúcar, canela, huevos y agua— los panes más sabrosos de la ciudad.
»Formaba una montaña de harina sobre una vieja mesa de trabajo de madera. Con un viejo guacal redondo, formaba una poza perfecta en medio de la harina, donde ponía una montaña más pequeña de azúcar y de canela. Cuidadosamente quebraba cuatro huevos y los derramaba sobre la harina, y poco a poco agregaba agua hasta que se formara [una masa gruesa y amarillenta]. Con sus manos formaba la masa para convertirla en los molletes, las champurradas, los obispos, las tortas de huevo, [es decir,] todos aquellos bocadillos que durante generaciones han agraciado las paneras en las mesas de incontables casas antigüeñas.
»Su hija, desde pequeña, ayudaba en la tarea de hacer el pan como lo hizo él mismo con su madre. Aprendió a trabajar el pan para ser la heredera de la tradición familiar, la que haría que continuara una labor que comenzó casi un siglo atrás.
»[Él] murió hace varios años. Ahora es su María Teresa quien todas las mañanas evoca el recuerdo del panadero original, cuando, con sus manos, mezcla la harina que viene del trigo que da la vida misma, para formar la masa que al calor de un horno de leña se convierte en pan.
»[María Teresa] dice que amasar el pan es tan sabroso como comérselo..... Con sus manos, todas las mañanas,... hace que perdure el legado que recibió de [su padre]. Al convertir la harina en pan, lo hace con el cariño... de alguien enamorado.
»Ese amor... por lo heredado es el principal ingrediente del pan que todas las mañanas amasa en la Panadería San Antonio de la Antigua Guatemala.»1
Así concluye el reportero de origen guatemalteco Harris Whitbeck este capítulo de la obra ilustrada con bellas fotografías titulada Guatemala inédita. Quiera Dios que, al igual que María Teresa, los que hemos disfrutado de la gran bendición de tener padres apasionados por enseñarnos lo mejor de lo que aprendieron ellos mismos de sus padres, determinemos cada mañana mostrar ese mismo amor, legándoselo así a nuestros propios hijos. O de no haber disfrutado de la bendición de tener tales padres, quiera Dios que determinemos serlos nosotros mismos.
1 Harris Whitbeck, «Edificar con trigo», Guatemala inédita (Bogotá, D.C.: Villegas Editores, 2006, pp. 292‑93.
sábado, 1 de enero de 2011
«MI MAMÁ... ESPERA QUE NUNCA BUSQUEMOS [A MI PAPÁ]»
«Mis padres se divorciaron pocos meses antes de que yo naciera. Él se fue a vivir a otra ciudad. Yo ahora tengo veintidós años, y a él lo he visto en contadas ocasiones.... Mi mamá nunca nos habló mal de él, pero sí nos ha dicho que ella espera que nunca lo busquemos, porque él fue el que nos abandonó....
»Pero han pasado muchas cosas. El año pasado falleció mi único tío, y pensé que mi papá se podía morir y que nunca más hablaría con él. Por eso hice las paces con él, y ahora estamos en contacto por correo electrónico, y me siento bien. Por otro lado está mi mamá (que no sabe). Por ella me siento muy mal. Siento que la estoy traicionando, que no valoro todo lo que nos ha dado. No sé qué hacer.»
Este es el consejo que le dimos:
«Estimada amiga:
»Lamentamos que usted haya tenido que criarse sin su papá. Es trágico que los problemas entre su mamá y su papá dieran como resultado que él perdiera contacto con usted, a pesar de lo mucho que usted deseaba y necesitaba tenerlo a él en su vida. Esperamos que otros hombres le presten atención a este caso y decidan hacer lo necesario para formar parte de la vida de sus hijos.
»A los padres divorciados les resulta muy difícil poner a un lado sus propios sentimientos y hacer lo que les conviene a sus hijos. Con frecuencia las madres que tienen la custodia legal se interponen entre sus hijos y el padre de ellos por razones emocionales, tales como el enojo o el resentimiento, o por desacuerdos en cuestiones económicas. Los papás se ausentan voluntariamente porque piensan que no tienen lo suficiente para sostener económicamente a sus hijos, o porque es demasiado difícil comunicarse con la mamá. Cualesquiera que sean las razones, y quienquiera que tenga la culpa, son los hijos quienes más sufren....
»Dios se aseguró de que fuera biológicamente necesaria la participación tanto de un hombre como de una mujer para procrear hijos. El plan de Dios para la familia es que haya un padre y una madre, ya que eso es lo que más les conviene a los hijos. Muchos expertos creen que cuando, por cualquier razón, deja de estar presente uno de los dos padres, resultan graves consecuencias emocionales para los hijos.
»No tiene nada de malo ni de raro que usted tenga el deseo de cultivar una relación personal con su papá, a pesar de lo que siente su mamá. Ella no puede comprender el que usted tenga una necesidad emocional de una relación con él....
»[Sin embargo,] no debe usted mentirle a su mamá acerca de la relación que cultive con su papá. Aunque estaría ocultando la verdad a fin de proteger los sentimientos de ella, las mentiras no hacen más que complicar las cosas. Si ella se lo pregunta, esté preparada para responderle que con eso usted está llenando un vacío dentro de sí. De modo que no se trata de darle a su papá lo que él merece, sino de recibir lo que usted merece.
»Le deseamos lo mejor,
»Pero han pasado muchas cosas. El año pasado falleció mi único tío, y pensé que mi papá se podía morir y que nunca más hablaría con él. Por eso hice las paces con él, y ahora estamos en contacto por correo electrónico, y me siento bien. Por otro lado está mi mamá (que no sabe). Por ella me siento muy mal. Siento que la estoy traicionando, que no valoro todo lo que nos ha dado. No sé qué hacer.»
Este es el consejo que le dimos:
«Estimada amiga:
»Lamentamos que usted haya tenido que criarse sin su papá. Es trágico que los problemas entre su mamá y su papá dieran como resultado que él perdiera contacto con usted, a pesar de lo mucho que usted deseaba y necesitaba tenerlo a él en su vida. Esperamos que otros hombres le presten atención a este caso y decidan hacer lo necesario para formar parte de la vida de sus hijos.
»A los padres divorciados les resulta muy difícil poner a un lado sus propios sentimientos y hacer lo que les conviene a sus hijos. Con frecuencia las madres que tienen la custodia legal se interponen entre sus hijos y el padre de ellos por razones emocionales, tales como el enojo o el resentimiento, o por desacuerdos en cuestiones económicas. Los papás se ausentan voluntariamente porque piensan que no tienen lo suficiente para sostener económicamente a sus hijos, o porque es demasiado difícil comunicarse con la mamá. Cualesquiera que sean las razones, y quienquiera que tenga la culpa, son los hijos quienes más sufren....
»Dios se aseguró de que fuera biológicamente necesaria la participación tanto de un hombre como de una mujer para procrear hijos. El plan de Dios para la familia es que haya un padre y una madre, ya que eso es lo que más les conviene a los hijos. Muchos expertos creen que cuando, por cualquier razón, deja de estar presente uno de los dos padres, resultan graves consecuencias emocionales para los hijos.
»No tiene nada de malo ni de raro que usted tenga el deseo de cultivar una relación personal con su papá, a pesar de lo que siente su mamá. Ella no puede comprender el que usted tenga una necesidad emocional de una relación con él....
»[Sin embargo,] no debe usted mentirle a su mamá acerca de la relación que cultive con su papá. Aunque estaría ocultando la verdad a fin de proteger los sentimientos de ella, las mentiras no hacen más que complicar las cosas. Si ella se lo pregunta, esté preparada para responderle que con eso usted está llenando un vacío dentro de sí. De modo que no se trata de darle a su papá lo que él merece, sino de recibir lo que usted merece.
»Le deseamos lo mejor,
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