«Hace menos de un año me casé. Amo a mi esposa... pero hemos tenido problemas, ya que cuando hay algo que nos disgusta y nos hace pelear, intento resolver para no dejar que pase y poder dormir con tranquilidad y en [armonía]. Pero ella se queda callada en vez de resolver, y eso me molesta mucho, por lo que me hace actuar de mala manera, no pegándole pero sí ignorándola en varias ocasiones.
»¿Cómo puedo hacer, o cuál es la manera para que yo pueda hablar con ella sin disgustarnos? ¿Cómo puedo llevar una conversación sin herirla?»
Este es el consejo que le dimos:
«Estimado amigo:
»... Por lo general, las mujeres y los hombres responden al conflicto de modos distintos. Algunos expertos dicen que el promedio de palabras dichas cada día por las mujeres llega a veinticinco mil, mientras que el promedio entre los hombres es de sólo diez mil palabras al día. Las mujeres son propensas a querer hablar acerca de sus emociones y de los pormenores de cada situación, mientras que los hombres tienden a querer ir al grano, identificar el problema y resolverlo cuanto antes. Ni una ni otra alternativa es la correcta o la incorrecta, sino que entre los cónyuges debe haber acuerdos.
»Cuando una mujer (o un hombre) se niega a hablar acerca de un problema, por lo general hay algo del pasado que está afectando esa conducta presente. Muchas veces las mujeres no hablan porque se han dado cuenta de que los hombres en realidad no quieren oír todos los pormenores ni las emociones. Y sin embargo ellas pudieran convencerse de que no se vislumbra ninguna solución del problema sin exponerse al proceso de expresar sus sentimientos y de ser oídas y comprendidas por su esposo. Los esposos no quieren más que resolver los problemas y evitarse todo el parloteo....
»Nosotros estamos totalmente de acuerdo con el principio bíblico que dice que no debemos permitir que el sol se ponga estando aún enojados.1 Al principio de nuestro matrimonio, tratamos de resolver todo conflicto antes de dormirnos cada noche. ¡Sí que perdimos sueño! Un día nos dimos cuenta de que podíamos dormirnos sin haber llegado todavía a un acuerdo, pero no sin antes habernos pedido perdón el uno al otro por palabras que nos habíamos dicho enojados y habernos puesto de acuerdo sobre una hora del día siguiente en que volveríamos a tratar el asunto. Aprendimos que podíamos superar nuestro enojo y concentrarnos en solucionar el problema específico.
»En cada discusión, las parejas pueden mostrarse respeto mutuo por sus opiniones particulares respectivas, emplear palabras amables, y escuchar sin interrumpir, aun cuando no estén de acuerdo en los pormenores. Tal vez requiera meses de práctica de estos principios sencillos, pero si se dedica a hacerlo, su esposa tarde o temprano comenzará a comunicarle sus pensamientos y sus sentimientos.
»Le deseamos lo mejor,
.
1 Ef 4:26
jueves, 24 de marzo de 2011
miércoles, 9 de marzo de 2011
UNA CITA FINAL
Lleno de angustia y tristeza, pero sereno, el joven subió a su auto. Tenía una cita urgente. A las seis de la tarde, en la glorieta de la Fuente de Agua en la Avenida Palma de la Ciudad de México, tenía un último encuentro con su novia.
Lanzó su auto a toda velocidad. Corrió sin mirar el velocímetro, ni altos ni luces rojas. Al acercarse a la glorieta, divisó a la joven. El sólo verla acrecentó su dolor. Acelerando el vehículo a gran velocidad, se estrelló contra el monumento. El accidente fue horrible. El joven quedó muerto ahí mismo ante la mirada horrorizada de la mujer que lo había abandonado.
Las crónicas periodísticas traen de todo. Esta vez fue una historia romántica pero triste. Un joven, cuyo nombre no recogió la crónica, le pidió a su novia, que lo había dejado, una última cita. Una cita de despedida. Una cita que habría de ser la definitiva. Y, en efecto, fue la definitiva, porque incapaz de soportar el desengaño, el joven, en la forma más drástica, puso fin a sus días.
Muchas veces ocurren tragedias como esta en la problemática y azarosa vida humana. Cuando más creemos haber encontrado la completa felicidad, descubrimos que todo fue una ilusión, y la decepción nos mata. Cuando pensamos que ya tenemos la fortuna en las manos, algo nos hace perderlo todo y nos reduce a la pobreza. Cuando creemos alcanzar el triunfo artístico, o deportivo o político, nos vemos de pronto paladeando el amargo sabor de la derrota.
¿Qué hacer en esos momentos? ¿Cómo sobrellevar esas decepciones?
Muchos se entregan a la desesperación. Echan mano del veneno, o de la horca o de la pistola, y acaban con su vida. Otros se sumergen en un pozo de alcohol o de droga. Otros se vuelven eternos resentidos y amargados. Y aún otros entran en un profundo e interminable período de depresión.
¿Serán éstas las únicas opciones ante el fracaso? No, hay otra. Es la opción espiritual. Aun en medio del más espantoso fracaso o de la más triste decepción, siempre queda Dios.
Jesucristo, el Señor viviente, es el Salvador de los fracasados. Él está cerca de cada persona necesitada que invoca su presencia. Y Él está cerca de cada uno en este mismo momento.
Clamemos a Cristo. Él nos responderá y nos levantará de la desesperación. Él nos dará la misma victoria que les ha dado a muchos otros, porque nunca falla. Cuando toda otra supuesta solución ha fracasado, siempre queda Dios.
Lanzó su auto a toda velocidad. Corrió sin mirar el velocímetro, ni altos ni luces rojas. Al acercarse a la glorieta, divisó a la joven. El sólo verla acrecentó su dolor. Acelerando el vehículo a gran velocidad, se estrelló contra el monumento. El accidente fue horrible. El joven quedó muerto ahí mismo ante la mirada horrorizada de la mujer que lo había abandonado.
Las crónicas periodísticas traen de todo. Esta vez fue una historia romántica pero triste. Un joven, cuyo nombre no recogió la crónica, le pidió a su novia, que lo había dejado, una última cita. Una cita de despedida. Una cita que habría de ser la definitiva. Y, en efecto, fue la definitiva, porque incapaz de soportar el desengaño, el joven, en la forma más drástica, puso fin a sus días.
Muchas veces ocurren tragedias como esta en la problemática y azarosa vida humana. Cuando más creemos haber encontrado la completa felicidad, descubrimos que todo fue una ilusión, y la decepción nos mata. Cuando pensamos que ya tenemos la fortuna en las manos, algo nos hace perderlo todo y nos reduce a la pobreza. Cuando creemos alcanzar el triunfo artístico, o deportivo o político, nos vemos de pronto paladeando el amargo sabor de la derrota.
¿Qué hacer en esos momentos? ¿Cómo sobrellevar esas decepciones?
Muchos se entregan a la desesperación. Echan mano del veneno, o de la horca o de la pistola, y acaban con su vida. Otros se sumergen en un pozo de alcohol o de droga. Otros se vuelven eternos resentidos y amargados. Y aún otros entran en un profundo e interminable período de depresión.
¿Serán éstas las únicas opciones ante el fracaso? No, hay otra. Es la opción espiritual. Aun en medio del más espantoso fracaso o de la más triste decepción, siempre queda Dios.
Jesucristo, el Señor viviente, es el Salvador de los fracasados. Él está cerca de cada persona necesitada que invoca su presencia. Y Él está cerca de cada uno en este mismo momento.
Clamemos a Cristo. Él nos responderá y nos levantará de la desesperación. Él nos dará la misma victoria que les ha dado a muchos otros, porque nunca falla. Cuando toda otra supuesta solución ha fracasado, siempre queda Dios.
jueves, 24 de febrero de 2011
UNA CARRERA SIN SENTIDO
El joven, de veintidós años de edad, subió a un auto robado, un Chevrolet de ocho cilindros, que encontró en Coalinga, California. Lo puso en marcha y se lanzó hacia el sur, a 160 kilómetros por hora, por la carretera interestatal número 5. Cuando menos pensó, se le acabó el combustible. Así que se bajó del Chevrolet y se robó un Ford, siguiendo siempre rumbo al sur, y siempre a 160 kilómetros por hora.
A estas alturas la policía estatal se dio cuenta del robo y comenzó a perseguir al joven, que otra vez quedó sin combustible. Rápidamente se subió a un Volkswagen que encontró en el camino, y siguió su loca carrera.
Por conducto de su red de comunicación, la policía se dio cuenta de que se trataba de Miguel Stroh. Y Miguel no sólo era ladrón: había matado a un hombre en Coalinga. En eso, otros radiopatrullas se unieron a la cacería.
A la altura de la ciudad de Anaheim, al sur de Los Ángeles, se le acabó el combustible a Miguel por tercera vez, y esta vez los policías lo alcanzaron. Al fugitivo, que no había dejado de disparar sus armas, lo mataron de un solo tiro. La carrera había por fin terminado, después de ocho horas de fuga.
La verdad es que todo para Miguel había llegado a su fin: el combustible de los autos, las balas de sus cuatro armas, su carrera delictiva y sus días juveniles. Hijo de granjeros, pudo haber hecho la vida tranquila de las faenas agrícolas. Pero prefirió el ritmo loco de las ciudades y la velocidad de los autos deportivos. Y lo peor de todo, escogió la droga y el narcotráfico antes que el trabajo honesto del campo. Apenas con veintidós años de edad, llegó al fin de todo: el combustible, las balas de sus armas, la fuga desesperada y su propia vida.
Así, o en forma semejante, terminan sus días los que beben con afán el jugo de la vida. La existencia apresurada, la lucha loca, la carrera sin sentido, le pertenecen al que no tiene propósito en la vida. En cambio, cuando se sabe qué es lo que se quiere, cuando hay metas sanas que son para el bien de la familia humana, cuando se piensa en formación, en responsabilidad y en armonía espiritual, la vida entonces procede con calma, cordura y madurez.
¿Cómo puede hallársele razón a la vida? Hallando al Autor de la vida. Y ¿cómo se halla al Autor de la vida? Pidiéndole con sinceridad, en humilde oración, que entre a nuestro corazón. Esa sincera oración puede cambiar radicalmente el rumbo de nuestra vida. Cristo, el autor y consumador de nuestra fe, sólo espera que acudamos a Él. Él está ahora mismo a la puerta de nuestro corazón. Démosle entrada. Él sólo nos traerá bien.
A estas alturas la policía estatal se dio cuenta del robo y comenzó a perseguir al joven, que otra vez quedó sin combustible. Rápidamente se subió a un Volkswagen que encontró en el camino, y siguió su loca carrera.
Por conducto de su red de comunicación, la policía se dio cuenta de que se trataba de Miguel Stroh. Y Miguel no sólo era ladrón: había matado a un hombre en Coalinga. En eso, otros radiopatrullas se unieron a la cacería.
A la altura de la ciudad de Anaheim, al sur de Los Ángeles, se le acabó el combustible a Miguel por tercera vez, y esta vez los policías lo alcanzaron. Al fugitivo, que no había dejado de disparar sus armas, lo mataron de un solo tiro. La carrera había por fin terminado, después de ocho horas de fuga.
La verdad es que todo para Miguel había llegado a su fin: el combustible de los autos, las balas de sus cuatro armas, su carrera delictiva y sus días juveniles. Hijo de granjeros, pudo haber hecho la vida tranquila de las faenas agrícolas. Pero prefirió el ritmo loco de las ciudades y la velocidad de los autos deportivos. Y lo peor de todo, escogió la droga y el narcotráfico antes que el trabajo honesto del campo. Apenas con veintidós años de edad, llegó al fin de todo: el combustible, las balas de sus armas, la fuga desesperada y su propia vida.
Así, o en forma semejante, terminan sus días los que beben con afán el jugo de la vida. La existencia apresurada, la lucha loca, la carrera sin sentido, le pertenecen al que no tiene propósito en la vida. En cambio, cuando se sabe qué es lo que se quiere, cuando hay metas sanas que son para el bien de la familia humana, cuando se piensa en formación, en responsabilidad y en armonía espiritual, la vida entonces procede con calma, cordura y madurez.
¿Cómo puede hallársele razón a la vida? Hallando al Autor de la vida. Y ¿cómo se halla al Autor de la vida? Pidiéndole con sinceridad, en humilde oración, que entre a nuestro corazón. Esa sincera oración puede cambiar radicalmente el rumbo de nuestra vida. Cristo, el autor y consumador de nuestra fe, sólo espera que acudamos a Él. Él está ahora mismo a la puerta de nuestro corazón. Démosle entrada. Él sólo nos traerá bien.
«CELOS EXCESIVOS»
«Soy una mujer de veintiún años, casada. Podría decir que mi matrimonio es perfecto, pero lo que sucede es que cada vez que salgo con mi esposo siento celos de que vea a otras jovencitas de mi edad. Tengo miedo de que él me deje.
»Siempre he sido muy celosa; desde pequeña he sido así. No sé si es una enfermedad. En realidad me afecta en el matrimonio. Me gustaría saber qué puedo hacer para evitar estos celos excesivos.»
Este es el consejo que le dimos:
«Estimada amiga:
»Usted ya ha dado el primer paso en la búsqueda de la respuesta a su consulta en cuanto a qué hacer para evitar los celos: Ha reconocido que es celosa y que los celos son un problema.
»Muchas personas son celosas, pero no lo reconocen o no están dispuestas a asumir su propia responsabilidad. Dicen que sus celos se deben a la conducta del cónyuge. Y dicen que si el cónyuge se portara de un modo diferente, no sentirían esos celos. Así que es importante que usted haya reconocido que sus celos no se deben a la conducta de su esposo.
»Más bien, es probable que la causa de sus celos sea su propia inseguridad. A usted le hace falta una buena dosis de confianza en sí misma, que no es lo mismo que arrogancia o egoísmo. Esa inseguridad hace que sienta temor de que su esposo escoja a otra mujer y la deje a usted. Sin embargo, las razones por las que usted siente celos no son tan importantes como los pasos que debe dar para superarlos.
»En primer lugar, reconozca que Dios considera que los celos son pecado. El apóstol Pablo escribió: “Comportémonos correctamente.... No... tengamos ninguna clase de vicios. No busquemos pelea ni seamos celosos.”1 ... Tal vez a usted los celos no le parezcan tan malos. Pero el problema estriba en que, con mucha frecuencia, se manifiestan mediante el enojo, las contiendas, las divisiones y la venganza.
»Muchas mujeres, por lo general más que los hombres, justifican sus celos y se convencen de que éstos demuestran que ellas son mujeres fuertes y decididas. Sin embargo, lamentablemente los celos en realidad demuestran debilidad, dudas y temor. Los celos destruyen las relaciones humanas y dividen a las familias.
»No cuestione a su esposo con respecto a los pensamientos que él tenga acerca de otras mujeres. No lo acuse de tener pensamientos que usted se haya inventado. Y no haga que él sienta que tiene que probarle a usted constantemente que la ama. Todo eso contribuirá a que él se aleje de usted, ya sea física o emocionalmente.
»Le recomendamos que consulte este problema con un consejero profesional. Él o ella podrán ayudarle a superar esa falta de confianza en sí misma....
»Cada vez que sienta esos celos, trate de concentrarse en lo que le está cruzando por la mente. Cuando observa a una mujer de su edad, ¿piensa que ella es más atractiva que usted o que tiene una mejor personalidad que la suya? Recuerde que esos sentimientos no tienen nada que ver con su esposo. No es él quien tiene este problema, sino usted.
1Ro 13:13 (TLA)
»Siempre he sido muy celosa; desde pequeña he sido así. No sé si es una enfermedad. En realidad me afecta en el matrimonio. Me gustaría saber qué puedo hacer para evitar estos celos excesivos.»
Este es el consejo que le dimos:
«Estimada amiga:
»Usted ya ha dado el primer paso en la búsqueda de la respuesta a su consulta en cuanto a qué hacer para evitar los celos: Ha reconocido que es celosa y que los celos son un problema.
»Muchas personas son celosas, pero no lo reconocen o no están dispuestas a asumir su propia responsabilidad. Dicen que sus celos se deben a la conducta del cónyuge. Y dicen que si el cónyuge se portara de un modo diferente, no sentirían esos celos. Así que es importante que usted haya reconocido que sus celos no se deben a la conducta de su esposo.
»Más bien, es probable que la causa de sus celos sea su propia inseguridad. A usted le hace falta una buena dosis de confianza en sí misma, que no es lo mismo que arrogancia o egoísmo. Esa inseguridad hace que sienta temor de que su esposo escoja a otra mujer y la deje a usted. Sin embargo, las razones por las que usted siente celos no son tan importantes como los pasos que debe dar para superarlos.
»En primer lugar, reconozca que Dios considera que los celos son pecado. El apóstol Pablo escribió: “Comportémonos correctamente.... No... tengamos ninguna clase de vicios. No busquemos pelea ni seamos celosos.”1 ... Tal vez a usted los celos no le parezcan tan malos. Pero el problema estriba en que, con mucha frecuencia, se manifiestan mediante el enojo, las contiendas, las divisiones y la venganza.
»Muchas mujeres, por lo general más que los hombres, justifican sus celos y se convencen de que éstos demuestran que ellas son mujeres fuertes y decididas. Sin embargo, lamentablemente los celos en realidad demuestran debilidad, dudas y temor. Los celos destruyen las relaciones humanas y dividen a las familias.
»No cuestione a su esposo con respecto a los pensamientos que él tenga acerca de otras mujeres. No lo acuse de tener pensamientos que usted se haya inventado. Y no haga que él sienta que tiene que probarle a usted constantemente que la ama. Todo eso contribuirá a que él se aleje de usted, ya sea física o emocionalmente.
»Le recomendamos que consulte este problema con un consejero profesional. Él o ella podrán ayudarle a superar esa falta de confianza en sí misma....
»Cada vez que sienta esos celos, trate de concentrarse en lo que le está cruzando por la mente. Cuando observa a una mujer de su edad, ¿piensa que ella es más atractiva que usted o que tiene una mejor personalidad que la suya? Recuerde que esos sentimientos no tienen nada que ver con su esposo. No es él quien tiene este problema, sino usted.
1Ro 13:13 (TLA)
viernes, 11 de febrero de 2011
EL SALTO MORTAL DEL MATRIMONIO
Bajo la lona del circo hubo un tenso instante de expectación. Iba a realizarse el número más esperado por los espectadores. Era el momento en que el diestro trapecista, estrella del programa, haría su triple salto mortal. El hombre iba a lanzarse de un trapecio que se balanceaba a doce metros de altura, dar tres vueltas en el aire, y agarrarse de otro trapecio que lanzaría un segundo trapecista.
Gracias a Dios, esta vez no hubo ninguna tragedia. El trapecista realizó su salto mortal, la banda de música comenzó a tocar una alegre marcha, y el público aplaudió admirado y alborozado. Acto seguido, el director de pista anunció: «Y ahora, respetable público, tendremos una boda.»
Fue así como Arturo Gaona y Noemí Rosas García, ambos mexicanos y estrellas del circo, se casaron en lo alto del trapecio. El Reverendo Richard Irving les impartió la bendición.
¡Qué linda debió haber sido la boda de Arturo Gaona y Noemí Rosas! Linda porque toda boda, aunque se celebre en lugares tan informales —si bien espectaculares— como el trapecio de un circo, tiene ese encanto del amor y de la esperanza.
Pero esa boda no fue solamente linda y espectacular. Fue también simbólica, ya que prefiguraba lo que les espera a todos los que contraen matrimonio. Toda pareja que se casa en estos tiempos difíciles tiene que hacer verdaderos malabarismos para poder subsistir felizmente «hasta que la muerte los separe».
No son sólo Arturo y Noemí los que repetidas veces tendrán que hacer un salto mortal en el aire y caer el uno en los brazos del otro. Cada matrimonio tiene experiencias parecidas. Para esas parejas a quienes la vida las ha puesto en trance de tener que dar un salto al vacío, hay tres consejos que podemos sacar precisamente de la profesión del trapecista.
En primer lugar, necesitan la destreza que sólo se obtiene mediante constantes entrenamientos. En segundo lugar, necesitan desarrollar músculos fuertes y ágiles. Y en tercer lugar, necesitan tener fe en su pareja, fe basada en la confianza que sólo inspira el cónyuge fiel que los está esperando para recibirlos al terminar el salto o para pasarles otro trapecio. La fe y la confianza en esa otra mitad que completa la pareja, basadas en su fidelidad y entereza de carácter, son indispensables para el éxito de todo matrimonio.
Por último, todas las parejas que, por cualquier circunstancia adversa, estén a punto de dar un salto mortal, también deben saber que hay otro Compañero fiel y digno de confianza que las espera al otro lado. Se trata de Dios, el que concibió el matrimonio. Él puede, y quiere más que ningún otro, salvaguardarlo. Con toda confianza, pueden poner su matrimonio en las manos seguras del Padre celestial.
Gracias a Dios, esta vez no hubo ninguna tragedia. El trapecista realizó su salto mortal, la banda de música comenzó a tocar una alegre marcha, y el público aplaudió admirado y alborozado. Acto seguido, el director de pista anunció: «Y ahora, respetable público, tendremos una boda.»
Fue así como Arturo Gaona y Noemí Rosas García, ambos mexicanos y estrellas del circo, se casaron en lo alto del trapecio. El Reverendo Richard Irving les impartió la bendición.
¡Qué linda debió haber sido la boda de Arturo Gaona y Noemí Rosas! Linda porque toda boda, aunque se celebre en lugares tan informales —si bien espectaculares— como el trapecio de un circo, tiene ese encanto del amor y de la esperanza.
Pero esa boda no fue solamente linda y espectacular. Fue también simbólica, ya que prefiguraba lo que les espera a todos los que contraen matrimonio. Toda pareja que se casa en estos tiempos difíciles tiene que hacer verdaderos malabarismos para poder subsistir felizmente «hasta que la muerte los separe».
No son sólo Arturo y Noemí los que repetidas veces tendrán que hacer un salto mortal en el aire y caer el uno en los brazos del otro. Cada matrimonio tiene experiencias parecidas. Para esas parejas a quienes la vida las ha puesto en trance de tener que dar un salto al vacío, hay tres consejos que podemos sacar precisamente de la profesión del trapecista.
En primer lugar, necesitan la destreza que sólo se obtiene mediante constantes entrenamientos. En segundo lugar, necesitan desarrollar músculos fuertes y ágiles. Y en tercer lugar, necesitan tener fe en su pareja, fe basada en la confianza que sólo inspira el cónyuge fiel que los está esperando para recibirlos al terminar el salto o para pasarles otro trapecio. La fe y la confianza en esa otra mitad que completa la pareja, basadas en su fidelidad y entereza de carácter, son indispensables para el éxito de todo matrimonio.
Por último, todas las parejas que, por cualquier circunstancia adversa, estén a punto de dar un salto mortal, también deben saber que hay otro Compañero fiel y digno de confianza que las espera al otro lado. Se trata de Dios, el que concibió el matrimonio. Él puede, y quiere más que ningún otro, salvaguardarlo. Con toda confianza, pueden poner su matrimonio en las manos seguras del Padre celestial.
miércoles, 9 de febrero de 2011
MIL NOVENTA Y CINCO BESOS DE AMOR
El hombre, de sesenta y cinco años de edad, se inclinó sobre su esposa. Ella estaba dormida, dormida profundamente. Él depositó un suave beso en su mejilla y le dijo: «Pronto te sentirás bien, querida.»
Al otro día le dio el mismo beso y le dijo las mismas palabras. Así hizo día tras día, durante mil noventa y cinco días, todo el tiempo que la esposa estuvo en coma.
Eran José Brasher y su esposa Bárbara. Ella, en una Navidad, había sufrido la ruptura de una arteria cerebral y había estado en coma por tres años. Al fin de tantos besos y de tantos días, Bárbara abrió los ojos y dijo: «¡Feliz Navidad, amor mío!» De ahí que concluyera: «Dios, y los besos de mis esposo, me trajeron de vuelta.»
Esta es una verdadera historia de amor. Es más, es una historia de amor, de fe y de esperanza, las tres grandes virtudes cristianas. Bárbara sufrió un coma que duró tres años. Cada día su esposo la visitó en el hospital, y cada día de esos tres años él depositó un beso en su mejilla y una oración en su oído. Y finalmente el amor, la fe y la esperanza dieron resultado. Fue así como Bárbara quedó perfectamente bien.
¡Qué poder tiene un beso! ¡Cómo puede cambiar, en un momento, la noche en día, la pena en alegría, la lágrima en sonrisa, y la angustia en gozo! Basta un solo beso —un beso de verdadero y genuino amor entre esposos— para que vuelva la felicidad, se fortalezca el amor, cambie el corazón y se disipe el dolor. Pero tiene que ser un beso de amor y no de compromiso, ni de pasión, ni de misericordia ni de complacencia. Tiene que ser un beso que brota del amor —legítimo, humano y fiel— que llena el corazón de los dos.
Los que estamos casados, ¿amamos a nuestro cónyuge? ¿Perdura entre nosotros la absoluta fidelidad a los votos que un día nos hicimos ante el representante de Dios? ¿Nos tratamos con cariño y comprensión? ¿Son más fuertes el amor, el enlace, el vínculo y el compromiso que las desavenencias, la discordia, el antagonismo y la contrariedad? Si la respuesta es negativa, hay una nube negra que se ha puesto sobre nuestro hogar que, si no se disipa, lo destruirá.
Insistamos, de voluntad y de corazón, que la persona de Cristo, el Autor del matrimonio, sea la cabeza invisible pero permanente de nuestro hogar. Con Cristo en el corazón, seremos más propensos a dar besos de verdadero amor a la esposa o al esposo. Sólo Cristo puede transformar la vida de cada uno. Sólo Él da ese amor que se sobrepone a toda prueba. Cuando Él es el Señor de nuestro matrimonio, podemos disfrutar como nunca de ese amor puro y permanente.
Al otro día le dio el mismo beso y le dijo las mismas palabras. Así hizo día tras día, durante mil noventa y cinco días, todo el tiempo que la esposa estuvo en coma.
Eran José Brasher y su esposa Bárbara. Ella, en una Navidad, había sufrido la ruptura de una arteria cerebral y había estado en coma por tres años. Al fin de tantos besos y de tantos días, Bárbara abrió los ojos y dijo: «¡Feliz Navidad, amor mío!» De ahí que concluyera: «Dios, y los besos de mis esposo, me trajeron de vuelta.»
Esta es una verdadera historia de amor. Es más, es una historia de amor, de fe y de esperanza, las tres grandes virtudes cristianas. Bárbara sufrió un coma que duró tres años. Cada día su esposo la visitó en el hospital, y cada día de esos tres años él depositó un beso en su mejilla y una oración en su oído. Y finalmente el amor, la fe y la esperanza dieron resultado. Fue así como Bárbara quedó perfectamente bien.
¡Qué poder tiene un beso! ¡Cómo puede cambiar, en un momento, la noche en día, la pena en alegría, la lágrima en sonrisa, y la angustia en gozo! Basta un solo beso —un beso de verdadero y genuino amor entre esposos— para que vuelva la felicidad, se fortalezca el amor, cambie el corazón y se disipe el dolor. Pero tiene que ser un beso de amor y no de compromiso, ni de pasión, ni de misericordia ni de complacencia. Tiene que ser un beso que brota del amor —legítimo, humano y fiel— que llena el corazón de los dos.
Los que estamos casados, ¿amamos a nuestro cónyuge? ¿Perdura entre nosotros la absoluta fidelidad a los votos que un día nos hicimos ante el representante de Dios? ¿Nos tratamos con cariño y comprensión? ¿Son más fuertes el amor, el enlace, el vínculo y el compromiso que las desavenencias, la discordia, el antagonismo y la contrariedad? Si la respuesta es negativa, hay una nube negra que se ha puesto sobre nuestro hogar que, si no se disipa, lo destruirá.
Insistamos, de voluntad y de corazón, que la persona de Cristo, el Autor del matrimonio, sea la cabeza invisible pero permanente de nuestro hogar. Con Cristo en el corazón, seremos más propensos a dar besos de verdadero amor a la esposa o al esposo. Sólo Cristo puede transformar la vida de cada uno. Sólo Él da ese amor que se sobrepone a toda prueba. Cuando Él es el Señor de nuestro matrimonio, podemos disfrutar como nunca de ese amor puro y permanente.
martes, 8 de febrero de 2011
UN ALTAR SIMBÓLICO PARA LA NOVIA
La boda se realizó conforme a todos los reglamentos del caso. Primero se celebró la ceremonia civil; después, una muy sentida y emotiva ceremonia religiosa. La novia, con vaporoso vestido blanco; el novio, de riguroso jaquet; la música, las flores, las velas, los anillos: todo estaba en perfecto orden.
Lo único que diferenció este matrimonio de otros fue el altar ante el cual se juraron los votos. Georgina y Bruce, una pareja de jóvenes de Virginia, Estados Unidos, solicitaron casarse frente a la sepultura de los padres de ella. «Mis padres estuvieron casados cincuenta y un años en la mayor fidelidad —explicó Georgina—. Yo quiero casarme frente a sus sepulcros para decir con eso que yo también creo en la perdurabilidad del matrimonio.»
A pesar de lo extraño del sitio de la ceremonia, no podemos menos que admirar los ideales de esa pareja. Ya sea que el matrimonio se celebre frente al sepulcro de padres fieles, o en una iglesia, siguiendo la más estricta liturgia eclesiástica, lo que aquí sobresale es ese propósito sano, puro y bíblico de establecer la unión matrimonial hasta que la muerte los separe.
Dios ha diseñado el matrimonio como una unión perdurable. La monogamia y la fidelidad recíprocas son la única base de un hogar dichoso y duradero. La receta divina es ésta: «Por eso el hombre deja a su padre y a su madre, y se une a su mujer, y los dos se funden en un solo ser» (Génesis 2:24). El apartarse de estos principios santos es jugar con el acto humano más sagrado que existe. El divorcio —juego descuidado, rebelde y desobediente— es lo que ha creado una sociedad sin escrúpulos, sin moralidad, sin fe y sin Dios. ¿Cuál tiene que ser el resultado? El caos, un caos horrible, el caos social que predomina en el mundo actual.
No es necesario que ocurra este desbarajuste. Siempre es posible tener un matrimonio como lo predispuso Dios. Sólo hace falta seguir sus enseñanzas. En cualquier lugar donde nos casemos, ya sea en una capilla, o en una playa, o en un restaurante o en un bosque, podemos sentar las bases de una relación conyugal pura y perdurable si ese matrimonio sigue los principios de la Santa Biblia y las enseñanzas de nuestro Señor Jesucristo.
Invitemos a Cristo a nuestra boda, y determinemos vivir con nuestro cónyuge el resto de nuestra vida. Esa es la única manera que vale para entrar en una relación matrimonial, que es la más importante de esta vida. Permitamos que Cristo sea el Guía y el Señor de nuestro destino.
Lo único que diferenció este matrimonio de otros fue el altar ante el cual se juraron los votos. Georgina y Bruce, una pareja de jóvenes de Virginia, Estados Unidos, solicitaron casarse frente a la sepultura de los padres de ella. «Mis padres estuvieron casados cincuenta y un años en la mayor fidelidad —explicó Georgina—. Yo quiero casarme frente a sus sepulcros para decir con eso que yo también creo en la perdurabilidad del matrimonio.»
A pesar de lo extraño del sitio de la ceremonia, no podemos menos que admirar los ideales de esa pareja. Ya sea que el matrimonio se celebre frente al sepulcro de padres fieles, o en una iglesia, siguiendo la más estricta liturgia eclesiástica, lo que aquí sobresale es ese propósito sano, puro y bíblico de establecer la unión matrimonial hasta que la muerte los separe.
Dios ha diseñado el matrimonio como una unión perdurable. La monogamia y la fidelidad recíprocas son la única base de un hogar dichoso y duradero. La receta divina es ésta: «Por eso el hombre deja a su padre y a su madre, y se une a su mujer, y los dos se funden en un solo ser» (Génesis 2:24). El apartarse de estos principios santos es jugar con el acto humano más sagrado que existe. El divorcio —juego descuidado, rebelde y desobediente— es lo que ha creado una sociedad sin escrúpulos, sin moralidad, sin fe y sin Dios. ¿Cuál tiene que ser el resultado? El caos, un caos horrible, el caos social que predomina en el mundo actual.
No es necesario que ocurra este desbarajuste. Siempre es posible tener un matrimonio como lo predispuso Dios. Sólo hace falta seguir sus enseñanzas. En cualquier lugar donde nos casemos, ya sea en una capilla, o en una playa, o en un restaurante o en un bosque, podemos sentar las bases de una relación conyugal pura y perdurable si ese matrimonio sigue los principios de la Santa Biblia y las enseñanzas de nuestro Señor Jesucristo.
Invitemos a Cristo a nuestra boda, y determinemos vivir con nuestro cónyuge el resto de nuestra vida. Esa es la única manera que vale para entrar en una relación matrimonial, que es la más importante de esta vida. Permitamos que Cristo sea el Guía y el Señor de nuestro destino.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)