«Tengo seis años de casada, una niña de cinco años y un niño de dos. Desde el primer año de matrimonio, mi esposo me ha golpeado por cualquier razón. Una vez lo hizo estando yo embarazada.
»Ya hemos hablado muchas veces de eso. Siempre me dice que va a cambiar, pero vuelve a lo mismo, y siempre mis hijos tienen que ver esto. He pensado dejarlo e irme con los niños, pero él siempre me convence de que va a cambiar. A raíz de esto, siento que ya no lo amo. Ya no quiero estar con él. No sé qué me pasa. Tal vez esto sea fruto de las agresiones que he recibido de su parte.
»Aun estamos juntos, pero nada ha cambiado. La última vez tenía a mi hijo en mis brazos, y me golpeó. Nuevamente prometió cambiar; pero me da miedo que la próxima vez ocurra algo peor. ¿Qué debo hacer?»
Este es el consejo que le dimos:
«Estimada amiga:
»¡Escogimos su caso esta semana porque su vida corre peligro! Ya no hay tiempo para que usted siga pensando en lo que debe hacer. ¡Es urgente que actúe ahora mismo! Tome a sus hijos y aléjese de ese hombre que ha demostrado una y otra vez que representa un peligro para usted y para ellos. ¡Hágalo hoy! No sabemos qué leyes rigen en su país, pero si es posible, obtenga una orden judicial que prohíba que su esposo se le acerque....
»Luego de explicarnos que ya no siente amor por su esposo, usted nos dijo: “No sé qué me pasa.” ¡Lo cierto es que a usted no le pasa nada! Dios les da a los seres humanos, y hasta a los animales, el instinto de conservación. Lo que usted siente es ese instinto. Y ese instinto le está gritando: “¡Yo no quiero seguir siendo lastimada! ¡Quiero protegerme y proteger a mis hijos indefensos! ¡Este hombre es peligroso!”...
»Estamos seguros de que este consejo la preocupará en cuanto al futuro y a lo que les sucederá a usted y a sus hijos sin su esposo. ¿Ha oído la historia verídica del joven David, que salió a pelear contra el gigante Goliat? Todos los demás tenían miedo de enfrentarse a Goliat, pero David le dijo: “Tú vienes contra mí con espada, lanza y jabalina, pero yo vengo a ti en el nombre del Señor Todopoderoso...”1 David no temía lo que fuera a ocurrir porque tenía una relación personal con Dios y sabía que Dios pelearía en su defensa.
»¿Tiene usted una relación personal con Dios? ¿Le ha pedido en oración que su Hijo Jesucristo entre a vivir en su corazón y sea su Salvador? De hacerlo así, Él no sólo salvará su alma del pecado, sino también la acompañará y peleará en su defensa en todos los momentos difíciles que le esperan. [Dios] quiere ser su mejor amigo, Aquel en quien puede confiar cuando se siente sola o tiene miedo. Quiere darle sabiduría para afrontar las difíciles decisiones que tiene por delante. Él le dará la ayuda y la fuerza necesarias para enfrentarse a los gigantes de su vida.
11S 17:45
viernes, 30 de octubre de 2009
miércoles, 28 de octubre de 2009
UNIDOS AL FIN
Las puertas de la sala de emergencia se abrieron de par en par. Una camilla conducida por enfermeros pasó rápidamente. Traían a un hombre de sesenta y un años de edad, llamado Clarence, víctima de un ataque cardíaco. Pero los esfuerzos de los médicos fueron vanos. Clarence murió media hora después.
Acababan de quitar de la sala a Clarence cuando volvieron a abrirse rápidamente las puertas. Esta vez traían en la camilla a otro hombre, de cincuenta y seis años, llamado Charles, también víctima de un ataque cardíaco. De nuevo los esfuerzos de los médicos fueron vanos. Charles murió a la media hora.
En la morgue del hospital los cuerpos de Clarence Atton y Charles Atton yacían uno junto al otro, fríos, inmóviles, silentes. Clarence y Charles eran hermanos que habían estado enemistados durante veinticinco años. No se habían hablado ni una sola vez en ese lapso de tiempo. Los dos murieron el mismo día, casi a la misma hora, de un ataque cardíaco. Y la súbita muerte no les dio tiempo para reconciliarse.
He aquí un caso patético. Los dos hermanos tuvieron una vez una contienda. Se enemistaron seriamente. Ninguno de los dos quiso nunca dar su brazo a torcer. Alimentaron su resentimiento, sin deseos de perdón, durante veinticinco años.
En sólo dos ocasiones cambiaron unas breves palabras: en el funeral de la madre de ambos, y en el funeral de una hermana. Vivían en la misma ciudad: Boston, Estados Unidos. Pero nunca mostraron la voluntad de reconciliarse. Cuando al fin estuvieron uno junto al otro, ya estaban en la morgue, separados para siempre.
¿Cuánto tiempo vamos a esperar nosotros para reconciliarnos con nuestro hermano o nuestra hermana, con nuestro esposo o nuestra esposa, o con cualquiera con quien estamos enemistados? ¿Un día? ¿Un mes? ¿Un año? ¿O esperaremos hasta el día de la muerte, cuando la puerta se haya cerrado para siempre?
La obstinación es uno de los pecados más absurdos del ser humano. Nos herimos a nosotros mismos. Arruinamos nuestra propia vida. Destruimos nuestro propio ser, y todo por el orgullo que no nos deja decir: «Perdóname.»
Lo triste de esta obstinación es que el que sufre es el que no perdona. El que no perdona lleva una vida solitaria. El que no perdona no conoce la paz. El que no perdona sólo conoce amargura. El que no perdona no puede ni perdonarse a sí mismo. Y lo peor de todo es que el que no perdona no puede encontrar el perdón de Dios.
La oración más conocida de todos, el Padrenuestro, dice: «Perdónanos nuestras deudas, como también nosotros hemos perdonado a nuestros deudores» (Mateo 6:12). Es como decir; «Perdóname, Señor, de la misma manera en que yo perdono.» Y si nosotros, en obstinación, no perdonamos, no podemos obtener el perdón de Dios.
Cristo nos mostró el camino al reconciliarnos con Dios. Perdonemos nosotros, para vivir en paz y para disfrutar del perdón de Dios.
Acababan de quitar de la sala a Clarence cuando volvieron a abrirse rápidamente las puertas. Esta vez traían en la camilla a otro hombre, de cincuenta y seis años, llamado Charles, también víctima de un ataque cardíaco. De nuevo los esfuerzos de los médicos fueron vanos. Charles murió a la media hora.
En la morgue del hospital los cuerpos de Clarence Atton y Charles Atton yacían uno junto al otro, fríos, inmóviles, silentes. Clarence y Charles eran hermanos que habían estado enemistados durante veinticinco años. No se habían hablado ni una sola vez en ese lapso de tiempo. Los dos murieron el mismo día, casi a la misma hora, de un ataque cardíaco. Y la súbita muerte no les dio tiempo para reconciliarse.
He aquí un caso patético. Los dos hermanos tuvieron una vez una contienda. Se enemistaron seriamente. Ninguno de los dos quiso nunca dar su brazo a torcer. Alimentaron su resentimiento, sin deseos de perdón, durante veinticinco años.
En sólo dos ocasiones cambiaron unas breves palabras: en el funeral de la madre de ambos, y en el funeral de una hermana. Vivían en la misma ciudad: Boston, Estados Unidos. Pero nunca mostraron la voluntad de reconciliarse. Cuando al fin estuvieron uno junto al otro, ya estaban en la morgue, separados para siempre.
¿Cuánto tiempo vamos a esperar nosotros para reconciliarnos con nuestro hermano o nuestra hermana, con nuestro esposo o nuestra esposa, o con cualquiera con quien estamos enemistados? ¿Un día? ¿Un mes? ¿Un año? ¿O esperaremos hasta el día de la muerte, cuando la puerta se haya cerrado para siempre?
La obstinación es uno de los pecados más absurdos del ser humano. Nos herimos a nosotros mismos. Arruinamos nuestra propia vida. Destruimos nuestro propio ser, y todo por el orgullo que no nos deja decir: «Perdóname.»
Lo triste de esta obstinación es que el que sufre es el que no perdona. El que no perdona lleva una vida solitaria. El que no perdona no conoce la paz. El que no perdona sólo conoce amargura. El que no perdona no puede ni perdonarse a sí mismo. Y lo peor de todo es que el que no perdona no puede encontrar el perdón de Dios.
La oración más conocida de todos, el Padrenuestro, dice: «Perdónanos nuestras deudas, como también nosotros hemos perdonado a nuestros deudores» (Mateo 6:12). Es como decir; «Perdóname, Señor, de la misma manera en que yo perdono.» Y si nosotros, en obstinación, no perdonamos, no podemos obtener el perdón de Dios.
Cristo nos mostró el camino al reconciliarnos con Dios. Perdonemos nosotros, para vivir en paz y para disfrutar del perdón de Dios.
lunes, 26 de octubre de 2009
LA VIOLENTA MUERTE DE COAZINHO
Una multitud encolerizada, con furia compuesta de frustración, abandono, pobreza y ansias de desquite, perseguía a Coazinho. Coazinho, muchacho de diecisiete años, de los arrabales de Río de Janeiro, a su vez corría procurando salvar su vida. Pero lo alcanzaron.
La turba furiosa lo ató a un árbol, le clavó dos hierros en el vientre, puso un cartucho de dinamita entre los hierros y prendió fuego a la mecha. Así fue como Coazinho, apenas un muchachón con historia de robos, asaltos, muertes y violaciones, murió de un modo violento. Esa es una de las muertes más violentas que le puede ocurrir a un hombre: morir dinamitado.
He aquí una historia triste, producida por una sociedad triste, en medio de una época y mundo que poco sabe de alegrías. Coazinho, cuyo verdadero nombre se desconoce, nació y fue criado en medio de la misma violencia que lo mató.
Hijo de una mujer de mala vida que lo dio a luz en un prostíbulo, Coazinho no conoció padre, ni madre, ni hogar, ni escuela ni iglesia. Se crió como pudo, recibiendo golpes, insultos, malos tratos y desprecios. No conoció más escuela que la calle, más iglesia que la taberna, más hogar que el orfanato.
No bien había llegado a la adolescencia cuando salió a vivir por su cuenta. Y vivió rodeado de la violencia y el delito, sumido en la furia y el resentimiento. Falto de educación formal y moral, los bajos instintos del hombre hicieron presa permanente de él.
Un día en que le robó la cartera a un hombre, colmó la copa de sus maldades, según juzgaron los vecinos. Así que lo persiguieron, lo alcanzaron, lo ataron a un árbol y lo dinamitaron por la mitad. A juicio de ellos, una vida que nunca había conocido más que la violencia debía terminar en forma violenta.
Es fácil comentar el caso y emitir palabras cargadas de sentimiento. ¡Pobre Coazinho! ¿Por qué tuvo que terminar de ese modo? Si hubiera sido hijo de la mayoría de nosotros, habría sido otro su destino.
La violencia que tanto perjudica a los niños y a los adolescentes no se encuentra sólo en las calles, en las tabernas, en las casas de vicio. Puede hallarse también en hogares respetables. Por eso mismo nos conviene invitar a Cristo a vivir en nuestro hogar hoy mismo. Porque sólo Cristo puede librarnos de la violencia que marca a los Coazinhos.
La turba furiosa lo ató a un árbol, le clavó dos hierros en el vientre, puso un cartucho de dinamita entre los hierros y prendió fuego a la mecha. Así fue como Coazinho, apenas un muchachón con historia de robos, asaltos, muertes y violaciones, murió de un modo violento. Esa es una de las muertes más violentas que le puede ocurrir a un hombre: morir dinamitado.
He aquí una historia triste, producida por una sociedad triste, en medio de una época y mundo que poco sabe de alegrías. Coazinho, cuyo verdadero nombre se desconoce, nació y fue criado en medio de la misma violencia que lo mató.
Hijo de una mujer de mala vida que lo dio a luz en un prostíbulo, Coazinho no conoció padre, ni madre, ni hogar, ni escuela ni iglesia. Se crió como pudo, recibiendo golpes, insultos, malos tratos y desprecios. No conoció más escuela que la calle, más iglesia que la taberna, más hogar que el orfanato.
No bien había llegado a la adolescencia cuando salió a vivir por su cuenta. Y vivió rodeado de la violencia y el delito, sumido en la furia y el resentimiento. Falto de educación formal y moral, los bajos instintos del hombre hicieron presa permanente de él.
Un día en que le robó la cartera a un hombre, colmó la copa de sus maldades, según juzgaron los vecinos. Así que lo persiguieron, lo alcanzaron, lo ataron a un árbol y lo dinamitaron por la mitad. A juicio de ellos, una vida que nunca había conocido más que la violencia debía terminar en forma violenta.
Es fácil comentar el caso y emitir palabras cargadas de sentimiento. ¡Pobre Coazinho! ¿Por qué tuvo que terminar de ese modo? Si hubiera sido hijo de la mayoría de nosotros, habría sido otro su destino.
La violencia que tanto perjudica a los niños y a los adolescentes no se encuentra sólo en las calles, en las tabernas, en las casas de vicio. Puede hallarse también en hogares respetables. Por eso mismo nos conviene invitar a Cristo a vivir en nuestro hogar hoy mismo. Porque sólo Cristo puede librarnos de la violencia que marca a los Coazinhos.
sábado, 24 de octubre de 2009
LO MEJOR Y LO PEOR DEL MUNDO
Había una vez un hombre rico que tenía un esclavo muy sabio. Cierto día el hombre envió a su esclavo al mercado para que le comprara la mejor comida que encontrara, ya que tenía varios amigos invitados a comer y quería ofrecerles algo apetitoso. Así que el esclavo fue al mercado y compró lengua, y al volver a casa, la preparó lo mejor que pudo.
Cuando el amo le preguntó a su esclavo por qué había comprado lengua, el esclavo le dijo:
—Porque la lengua es lo mejor del mundo: con la lengua alabamos a Dios, con la lengua cantamos las glorias de la patria, con la lengua le declaramos amor a la mujer amada, y con la lengua le brindamos consejo al mejor amigo.
El amo, reconociendo la sabiduría de su esclavo, le respondió:
—Está bien, pero mañana me traerás lo peor que encuentres en el mercado.
Al día siguiente, el esclavo volvió otra vez con lengua.
—¿Por qué has vuelto a traer lengua? —le preguntó el amo—. ¿No decías ayer que es lo mejor del mundo? ¡Yo te pedí que me trajeras lo peor!
—Es que, sin duda alguna, Señor —contestó el esclavo—, la lengua es también lo peor del mundo, porque con ella mentimos, con ella calumniamos, con ella blasfemamos de Dios, con ella juramos en falso, y con ella insultamos al prójimo.
Esta fábula, atribuida al legendario Esopo, encierra una gran lección. La verdad es que la lengua en sí no es ni buena ni mala; es simplemente el instrumento con que se expresa el corazón. En realidad, es el corazón lo que es malo o bueno. La lengua no hace más que obedecerle. Por eso dijo Jesucristo que «de lo que abunda en el corazón habla la boca».1
De modo que podemos emplear la lengua para hacer el bien o para hacer el mal. El sabio Salomón lo resume en los siguientes proverbios: «Los labios del justo destilan bondad; de la boca del malvado brota perversidad»; «En la lengua hay poder de vida y muerte»: «Fuente de vida es la boca del justo, pero la boca del malvado encubre violencia»; «La lengua que brinda consuelo es árbol de vida; la lengua insidiosa deprime el espíritu»; «El charlatán hiere con la lengua como con una espada, pero la lengua del sabio brinda alivio»; «Con la boca el impío destruye a su prójimo»; «los labios del sabio son su propia protección».2
¡Qué bueno sería que, al igual que Salomón, le pidiéramos a Dios sabiduría por sobre todas las cosas,3 y que, al igual que David su padre, le pidiéramos a Dios que creara en nosotros un corazón limpio!4 De hacerlo así, nuestra lengua, cual fuente de vida, no haría más que destilar bondad y brindar consuelo y alivio.
1Lc 6:45
2Pr 10:32; 18:21; 10:11; 15:4; 12:18; 11:9; 14:3
32Cr 1:7‑12
4Sal 51:10
Cuando el amo le preguntó a su esclavo por qué había comprado lengua, el esclavo le dijo:
—Porque la lengua es lo mejor del mundo: con la lengua alabamos a Dios, con la lengua cantamos las glorias de la patria, con la lengua le declaramos amor a la mujer amada, y con la lengua le brindamos consejo al mejor amigo.
El amo, reconociendo la sabiduría de su esclavo, le respondió:
—Está bien, pero mañana me traerás lo peor que encuentres en el mercado.
Al día siguiente, el esclavo volvió otra vez con lengua.
—¿Por qué has vuelto a traer lengua? —le preguntó el amo—. ¿No decías ayer que es lo mejor del mundo? ¡Yo te pedí que me trajeras lo peor!
—Es que, sin duda alguna, Señor —contestó el esclavo—, la lengua es también lo peor del mundo, porque con ella mentimos, con ella calumniamos, con ella blasfemamos de Dios, con ella juramos en falso, y con ella insultamos al prójimo.
Esta fábula, atribuida al legendario Esopo, encierra una gran lección. La verdad es que la lengua en sí no es ni buena ni mala; es simplemente el instrumento con que se expresa el corazón. En realidad, es el corazón lo que es malo o bueno. La lengua no hace más que obedecerle. Por eso dijo Jesucristo que «de lo que abunda en el corazón habla la boca».1
De modo que podemos emplear la lengua para hacer el bien o para hacer el mal. El sabio Salomón lo resume en los siguientes proverbios: «Los labios del justo destilan bondad; de la boca del malvado brota perversidad»; «En la lengua hay poder de vida y muerte»: «Fuente de vida es la boca del justo, pero la boca del malvado encubre violencia»; «La lengua que brinda consuelo es árbol de vida; la lengua insidiosa deprime el espíritu»; «El charlatán hiere con la lengua como con una espada, pero la lengua del sabio brinda alivio»; «Con la boca el impío destruye a su prójimo»; «los labios del sabio son su propia protección».2
¡Qué bueno sería que, al igual que Salomón, le pidiéramos a Dios sabiduría por sobre todas las cosas,3 y que, al igual que David su padre, le pidiéramos a Dios que creara en nosotros un corazón limpio!4 De hacerlo así, nuestra lengua, cual fuente de vida, no haría más que destilar bondad y brindar consuelo y alivio.
1Lc 6:45
2Pr 10:32; 18:21; 10:11; 15:4; 12:18; 11:9; 14:3
32Cr 1:7‑12
4Sal 51:10
martes, 20 de octubre de 2009
La ira mata
Entonces Jehová dijo a Caín: ¿Por qué te has enojado en gran manera Caín, y por qué ha decaído tu semblante?
Génesis 4:6
El primer homicidio en la historia de la humanidad, del cual tenemos noticia según la Biblia, es el cometido por el hijo mayor de Adán, Caín, quien mató a su hermano menor, Abel. ¿Será posible imaginar el inmenso dolor de Adán y Eva viendo el cuerpo de su hijo, sin vida? Habrán llorado amargamente y se habrán preguntado muchas veces: “¿Por qué?”
La Biblia cuenta de que Caín tenía problemas con su excesiva rabia . Dios le había preguntado a Caín: ¿Por qué estás enojado?
¿Por qué la ira y el enojo son tan comunes entre familiares y parientes? Encontramos a personas que tienen una pésima auto imagen, viven abatidos, hacen parte de una familia dominada por la ira, la rabia, el enojo y no tienen control emocional.
La Biblia dice: “El amor... no se irrita fácilmente, no guarda rencor”. Este pasaje bíblico, se refiere en primer lugar, al amor de Dios por nosotros. Siempre enfrentamos personas o situaciones que nos provocan. Pero debemos dominar nuestros impulsos recordando la manera como Dios nos trata cuando le ofendemos. Dios es paciente y bondadoso con nosotros. Debemos amar a los demás con el mismo amor que Dios nos ama y mantener sobre control nuestros impulsos. Dominar nuestro temperamento con la ayuda de Dios.
Piensa
Quien controla su temperamento, evita heridas en el corazón de otros y en su propio corazón.
Ora
Perdónanos Señor, por herir y lastimar a muchas personas con nuestra ira, rabia y enojo. A veces entristecemos y hacemos llorar a muchos por no controlarnos. Enséñanos a amar de verdad. Amén.
El primer homicidio en la historia de la humanidad, del cual tenemos noticia según la Biblia, es el cometido por el hijo mayor de Adán, Caín, quien mató a su hermano menor, Abel. ¿Será posible imaginar el inmenso dolor de Adán y Eva viendo el cuerpo de su hijo, sin vida? Habrán llorado amargamente y se habrán preguntado muchas veces: “¿Por qué?”
La Biblia cuenta de que Caín tenía problemas con su excesiva rabia . Dios le había preguntado a Caín: ¿Por qué estás enojado?
¿Por qué la ira y el enojo son tan comunes entre familiares y parientes? Encontramos a personas que tienen una pésima auto imagen, viven abatidos, hacen parte de una familia dominada por la ira, la rabia, el enojo y no tienen control emocional.
La Biblia dice: “El amor... no se irrita fácilmente, no guarda rencor”. Este pasaje bíblico, se refiere en primer lugar, al amor de Dios por nosotros. Siempre enfrentamos personas o situaciones que nos provocan. Pero debemos dominar nuestros impulsos recordando la manera como Dios nos trata cuando le ofendemos. Dios es paciente y bondadoso con nosotros. Debemos amar a los demás con el mismo amor que Dios nos ama y mantener sobre control nuestros impulsos. Dominar nuestro temperamento con la ayuda de Dios.
Piensa
Quien controla su temperamento, evita heridas en el corazón de otros y en su propio corazón.
Ora
Perdónanos Señor, por herir y lastimar a muchas personas con nuestra ira, rabia y enojo. A veces entristecemos y hacemos llorar a muchos por no controlarnos. Enséñanos a amar de verdad. Amén.
¿Por qué esa rabia?
Si bien hicieres, ¿no serás enaltecido? Y si no hicieres bien, el pecado está a la puerta... y tú te enseñorearás de él.
Génesis 4:7
Dios nos alerta que cuando nos airamos, el pecado se convierte en una amenaza. En otras palabras, la ira es como un animal salvaje, listo para atacar a su presa indefensa.
La ira nos puede dominar y aún más, intentar aniquilar lo que está provocando nuestra ira – “... más el espíritu deprimido, quién lo levanta?” (Proverbios 18:14)
¿Cuántos de nosotros ya hemos lastimado a otros porque no supimos controlar nuestra ira y nuestra lengua? El Señor nos advierte: “No te apresures en tu espíritu a enojarte; porque el enojo reposa en el seno de los necios”. (Eclesiastés 7:9). Cuando estamos dominados por la ira, nos sentimos poderosos, pero en lo íntimo sabemos que solamente escondemos nuestra debilidad.
Vivimos una época de mucho nerviosismo. Vemos gente nerviosa en el tránsito de las grandes ciudades. Las personas dicen palabras groseras e hirientes cuando están enojadas.
EL Dios eterno nos pregunta hoy: ¿Por qué estás enojado? (Génesis 4:6). Dios nos hace esa pregunta, para llevarnos a la raíz del problema. Él quiere sanar las heridas que otros nos causaron. Podemos confiar que Él pondrá límites al pecado que toca a nuestra puerta.
Piensa
Cuando nos provocan a ira, es bueno preguntarnos: “¿Porqué es que estoy tan enojado?”
Ora
Señor, ayúdanos a dominar nuestra ira. Danos paciencia, autocontrol y sabiduría, para saber convivir con los demás, de tal manera que no les causemos sufrimiento o destrucción. En nombre de Jesús. Amén.
Dios nos alerta que cuando nos airamos, el pecado se convierte en una amenaza. En otras palabras, la ira es como un animal salvaje, listo para atacar a su presa indefensa.
La ira nos puede dominar y aún más, intentar aniquilar lo que está provocando nuestra ira – “... más el espíritu deprimido, quién lo levanta?” (Proverbios 18:14)
¿Cuántos de nosotros ya hemos lastimado a otros porque no supimos controlar nuestra ira y nuestra lengua? El Señor nos advierte: “No te apresures en tu espíritu a enojarte; porque el enojo reposa en el seno de los necios”. (Eclesiastés 7:9). Cuando estamos dominados por la ira, nos sentimos poderosos, pero en lo íntimo sabemos que solamente escondemos nuestra debilidad.
Vivimos una época de mucho nerviosismo. Vemos gente nerviosa en el tránsito de las grandes ciudades. Las personas dicen palabras groseras e hirientes cuando están enojadas.
EL Dios eterno nos pregunta hoy: ¿Por qué estás enojado? (Génesis 4:6). Dios nos hace esa pregunta, para llevarnos a la raíz del problema. Él quiere sanar las heridas que otros nos causaron. Podemos confiar que Él pondrá límites al pecado que toca a nuestra puerta.
Piensa
Cuando nos provocan a ira, es bueno preguntarnos: “¿Porqué es que estoy tan enojado?”
Ora
Señor, ayúdanos a dominar nuestra ira. Danos paciencia, autocontrol y sabiduría, para saber convivir con los demás, de tal manera que no les causemos sufrimiento o destrucción. En nombre de Jesús. Amén.
Respondiendo como Jesús
Si bien hicieres, ¿no serás enaltecido?
Génesis 4:7
La ira crea un vacío en nuestras vidas.
Pedro dice a los cristianos: “Por que también Cristo padeció (...) quien cuando le maldecían, no respondía con maldición, cuando padecía, no amenazaba, sino encomendaba la causa al que juzga justamente”. Debemos imitar a Cristo... Jesús podría haber llamado a legiones de ángeles y barrer de la tierra a sus adversarios, pero respondió con amor y no con ira.
Cuando somos heridos en lo más íntimo, no debemos responder con represalia e ira, porque eso no ayudará ni resolverá en nada. Dios insistió con Caín cuando estaba apunto de matar a su hermano Abel: “¿Si hicieres el bien, no serás enaltecido?. Pero Caín no escuchó el consejo de Dios.
Muchas veces es difícil librarnos de nuestra ira. Parece que las cosas que hacen las personas a nuestro alrededor, la hacen simplemente para irritarnos y ponernos nerviosos. Tal vez sea el esposo, la esposa, un hijo, un colega de trabajo, un vecino o alguien de la iglesia, que con frecuentemente nos irrita. ¿Por qué?
El problema está dentro de nosotros mismos. No es culpa del otro cuando actuamos con ira. En realidad es nuestro problema y nuestra responsabilidad. Necesitamos mansedumbre y la simpatía para lidiar con las faltas de los otros, así como Cristo lidia con nosotros.
Piensa
La culpa de quien tiene ataques de ira, descontrol emocional, no es de los otros, pero sí de quien las tiene.
Ora
Perdónanos Señor, cuando respondemos irritados, con ira y hasta con furia, a las provocaciones y los insultos. Ayúdame, pues no quiero ser un impedimento para que otros te conozcan. Amén.
La ira crea un vacío en nuestras vidas.
Pedro dice a los cristianos: “Por que también Cristo padeció (...) quien cuando le maldecían, no respondía con maldición, cuando padecía, no amenazaba, sino encomendaba la causa al que juzga justamente”. Debemos imitar a Cristo... Jesús podría haber llamado a legiones de ángeles y barrer de la tierra a sus adversarios, pero respondió con amor y no con ira.
Cuando somos heridos en lo más íntimo, no debemos responder con represalia e ira, porque eso no ayudará ni resolverá en nada. Dios insistió con Caín cuando estaba apunto de matar a su hermano Abel: “¿Si hicieres el bien, no serás enaltecido?. Pero Caín no escuchó el consejo de Dios.
Muchas veces es difícil librarnos de nuestra ira. Parece que las cosas que hacen las personas a nuestro alrededor, la hacen simplemente para irritarnos y ponernos nerviosos. Tal vez sea el esposo, la esposa, un hijo, un colega de trabajo, un vecino o alguien de la iglesia, que con frecuentemente nos irrita. ¿Por qué?
El problema está dentro de nosotros mismos. No es culpa del otro cuando actuamos con ira. En realidad es nuestro problema y nuestra responsabilidad. Necesitamos mansedumbre y la simpatía para lidiar con las faltas de los otros, así como Cristo lidia con nosotros.
Piensa
La culpa de quien tiene ataques de ira, descontrol emocional, no es de los otros, pero sí de quien las tiene.
Ora
Perdónanos Señor, cuando respondemos irritados, con ira y hasta con furia, a las provocaciones y los insultos. Ayúdame, pues no quiero ser un impedimento para que otros te conozcan. Amén.
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