lunes, 9 de noviembre de 2009

SIETE TIROS CERTEROS

Fueron siete disparos. Siete disparos de pistola automática Browning. Todos dieron en la cabeza de sus víctimas, y todas ellas murieron casi instantáneamente. Cuando Candice Day, de treinta y dos años de edad, llegó a su casa, sólo vio cuerpos muertos y sangre por todos lados.
James Day, su marido, en un rapto de ira, de violencia, de furia insensata, había dado muerte a los seis hijos del matrimonio, y después se había suicidado. Siete tiros certeros habían acabado con casi toda su numerosa familia.
He aquí otra de las tragedias familiares que suelen ensangrentar la página roja de los diarios, adictos a las noticias truculentas. El matrimonio que formaban James y Candice Day, en Evansville, Indiana, Estados Unidos, no era mejor ni peor que la mayoría de los matrimonios que vivían por ahí.
Llevaban una buena vida en lo económico. Sus hijos eran buenos y no les ponían muchos problemas. El matrimonio se llevaba apreciablemente bien. Sólo de vez en cuando discutían un poco, después de lo cual él salía y se emborrachaba.
El día de la tragedia eso fue lo que ocurrió: una discusión. Una típica reyerta entre marido y mujer, y el marido, enojado, salió a beber. Esta vez la dosis de todas las cosas fue un poco mayor que de costumbre. Y de ahí, la tragedia.
La ira y la violencia son como ciertos huracanes. Cobran intensidad a medida que giran. El que se acostumbra a enojarse se enojará cada vez más. Y sin darse cuenta, acumulará en su interior ira concentrada que un día estallará un poco más fuerte que de costumbre.
¿Cómo luchar contra la ira? ¿Cómo mantener sujeto y embridado este potro del alma? Hay que saber educarse a sí mismo en la tolerancia, el juicio y la paciencia. Sobre todo, hay que saber buscar siempre en Cristo esa maravillosa dosis de calma, paz y paciencia que nos pone a cubierto de tempestades familiares.
«La paz les dejo; mi paz les doy. Yo no se la doy a ustedes como la da el mundo» (Juan 14:27), dijo Jesucristo. Esas palabras son el mejor testamento, la mejor herencia, que pueden recibir los que desean cambiar de vida y vivir en paz, en calma y en sobriedad, y tener perfecta y tranquila felicidad. Sólo con Cristo, y en Cristo, es posible lograrlo.

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